Mabel Landó: “Me retiraron, pero sueño con volver, quiero celebrar mis 90 trabajando”

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05/09/2021

De todas las formas del miedo que atravesó en sus 89 años, Mabel Landó se queda con una “fascinante”, la que experimentó cuando se plantó en cámara para encarnar en televisión a Tita Merello joven. Detrás de escena estaba “La Merello” real, con sus ojos como escáner, supervisando. Aquel no era un miedo paralizante, más bien se sentía como un vértigo encantador que la hacía querer y no querer estar ahí, expuesta a que una crítica pudiera ensuciar su valentía de una trompada.

“Grabábamos en un conventillo de La Boca, dirigidos por Chicho Ibañez Serrador. Me vistieron de paisana, con un moño patrio, celeste y blanco, y Tita me regaló una blusa verde suya con lunares blancos. La primera crítica que me hicieron decía que yo era una ‘futura actriz importante'”, se ríe. “Después, Tita alquiló el Tabarís para una hacer una fiesta, nos invitó, y yo que no conocía la noche no sabía cómo decirle a mi viejo que tenía que ir a ese lugar ‘raro’. Él me esperó en la esquina. Una inocencia de otra época. Por mucho tiempo me sentí culpable”.

Para muchos Mabel es Elvira Cantoni, la eterna mamá de “Carlín” (Calvo) en Amigos son los amigos, la señora capaz de llamar “bebé” a su retoño de entonces casi 40 años. Varias generaciones anteriores, en cambio, la identificarán como Juana, novia de Tarzán en aquel radioteatro (Las aventuras de Tarzán, por Splendid) que paralizaba a la patria niña auspiciado por “el alimento de los escolares”, Toddy. Desde hace más de 20 años no pisa un estudio de televisión, no por propia voluntad: “Me retiraron. Pero puede revertirse”.

En 1972. Mabel en la redacción de Clarín.
En 1972. Mabel en la redacción de Clarín.

Como tantos actores silenciosos sin agente de prensa que después del éxito esperan un llamado que nunca llega, Landó no tomó la decisión de alejarse. Un día dejaron de convocarla, el tiempo camufló su paradero y el recambio natural de productores la dejó al margen. Atrás quedaron archivadas las hazañas radiofónicas que la llevaron a animar a un país con su suave tono, o los hitos televisivos como El pulpo negro, con Narciso Ibañez Menta, y El Teleteatro Palmolive del aire.

“Lo último que hice fue en plazas y parques hace unos años, un compilado de novelas de Alberto Migré. Sé que primero es necesario terminar con la pandemia, pero sueño con festejar mis 90 trabajando. Y no quisiera volver con un papelito después de la carrera que he tenido. Estaría encantadísima de regresar, pero que me avisen mucho antes para no morirme”, lanza la carcajada.

“Por edad ya no estoy para cumplir mi sueño de ser Ana Frank, pero todavía hay otros sueños”, advierte. “Mis personajes solían ser mujeres buenas, sumisas, y eso me encasilló un poco. Sinceramente, me parece que faltan autores. Viví una era muy distinta de contratos de exclusividad y todo se dio vuelta como una media. Ahora no hay más que latas compradas y eso es triste para alguien que vio otro esplendor”.

Junto a Rodolfo Zapata en un rodaje en 1970.
Junto a Rodolfo Zapata en un rodaje en 1970.

Nacida el 29 de enero de 1932 en la casa de una partera en Montes de Oca y California, vivió su infancia en Temperley, como cuarta hija de un vendedor de tiendas La Piedad y una ama de casa. El espejo era su socio, ella cantaba y se disfrazaba frente a él, hasta que en su mayoría de edad escuchó hablar de un instituto nacional para estudiar arte escénico. Así se inscribió en el Conservatorio, entre lamentos y desacuerdos de su padre.

Sus primeros trabajos fueron radiales. Escuchó a sus compañeras de curso hablar de “una prueba” en el Palais de Glace y acompañó a una amiga. La amiga no quedó seleccionada y ella empezó una aventura adrenalínica con nueva identidad. El primer nombre del DNI  -Dina- lo anotó en un pizarrón el locutor Guillermo Brizuela Méndez y le hizo escoger. “Como Dina me llamaba mi papá, decidí reservarlo para lo privado y me dejé el segundo. Después, con la tiza, Brizuela cortó mi verdadero apellido, Burlando, y yo le agregué el acento”.

Mabel Landó (con César Llanos) en "Las aventuras de Tarzán" por radio.
Mabel Landó (con César Llanos) en “Las aventuras de Tarzán” por radio.

“Todo era tan distinto. A veces me anotaba un ayuda memoria de los libretos en la palma de la mano y con los nervios y la transpiración se me borraba el machete. En la radio nos pedían vestir de noche, con elegancia. Mi mamá, María Serafina, aprovechaba que en su trabajo a mi padre le obsequiaban metros de tela y me confeccionaba los vestidos”, se emociona. “Tuve unos padres muy presentes que me vieron triunfar y se convencieron de lo que me hacía feliz. Yo salía de Radio El Mundo, tomaba el tranvía, y siempre estaba mi madre en el balcón esperándome con la comida lista”.

Se recuerda en los ’50 enamorando mediante la voz, en historias como Nosotras, las mujeres, de Nené Cascallar, junto a Susy Kent, Chela Ruíz, Carmen Vallejo y Cristina de los Llanos. O en el pasaje que implicó pensar en imagen y construir los primeros tiempos de la televisión. Obras maestras del terror, Teatro como en el teatro, Su comedia favorita, Rolando Rivas taxista. En este último producto convertido en fenómeno costumbrista era Teresa, la noviecita del barrio de Claudio García Satur. Su embarazo en la vida real la llevó a grabar con “trucos” para que no se viera la panza, hasta que abandonó un tiempo la ficción para criar a su hija Eva.

Con energía para regresar a los escenarios.
Con energía para regresar a los escenarios.

“Fui madre sola. Mi primer marido fue Bordignón Olarra. No estaba segura, pero él me dio la alianza, éramos muy chicos y a los ocho meses nos separamos. Tuve un romance con el actor Julio De Grazia, pero ahí la que apuró para casarse fui yo y dejamos de vernos. Hasta que llegó el cantante Tony Vilar. En 1972 quedé embarazada y él se fue a vivir a Nueva York”, detalla.

“Intenté una comunicación, pero él estaba más preocupado por su carrera y a los 10 años de mi hija la vino a ver. Entendí que la paternidad debe sentirse y no ser un trámite y lo llevé de vuelta al aeropuerto”, se anima. “Fue mucho trabajo ir a grabar muchas veces a Martinez, volver antes de que la nena saliera del colegio, estar sola en la crianza. Pero fui fuerte y no me quejo”. Tras esa gran desilusión de pareja no se dio por vencida y todo fue ganancia. Se casó por tercera vez con un médico a quien recuerda como “el gran padre del corazón” de Eva. Es viuda desde hace 11 años.

Abuela de Sol, Sofía y Santiago, la mujer que jamás se dejó envolver por los chispazos momentáneos de la fama no tiene secretos para esa juventud eterna. “Suelen preguntarme cómo me cuido para conservar esta memoria, pero yo hago la misma vida que antes, leo, escribo, me muevo y no tengo restricciones alimentarias. Y nunca tuve interés por las cirugías estéticas. ¿Cómo voy a querer borrar la prueba de todo lo que he vivido? Las arrugas son mi orgullo”.

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