Margarita García Robayo: frente al mar el mundo nunca se acaba

admin

22/07/2021

Las ideas que rodean la intimidad no son la intimidad, y las narradoras de Margarita García Robayo lo saben. Casi siempre jóvenes, pasionales, de una lucidez perturbadora, son mujeres que atrapan la vida en Latinoamérica desde el nudo de sus emociones en tensión. En las novelas iniciáticas reunidas en El sonido de las olas puede sentirse la fuerza de esas voces a través de tres historias que toman prestadas zonas de la biografía de la autora, pero escapan de los lugares comunes de la autoficción.

Hasta que pase un huracán, la primera de ellas, muestra a una adolescente que vive en una ciudad pequeña en Colombia y aspira migrar a Estados Unidos. “Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba. Y uno espera siempre demasiado”. Frontal y de una ironía corrosiva, ella ve la falla en los discursos ajenos y se pierde en su propia búsqueda.

Le sigue Lo que no aprendí, tal vez la más ambiciosa de las tres en cuanto a su propuesta estética. Dividida en dos partes, comienza con la historia de Catalina, una nena en plena pubertad que admira a su papá y quiere develar los misterios ocultos en su casa. A medida que ella los descubre se va dibujando un retrato de la familia, la maternidad, las convenciones de clase media centroamericana y sus pretensiones.

La segunda parte da un giro radical: García Robayo (1980) narra el momento en que su padre muere en Colombia, mientras ella está en Buenos Aires, y así devela el proceso creativo que la impulsó a escribir la novela.

Hay que decirlo, todo lo que García Robayo vive se vuelve literatura: la lactancia, un congreso de escritores, las múltiples mudanzas, el mar. Siempre el mar, aunque esté a kilómetros de él, en Buenos Aires hace diez años y diga que no le gusta, como precisamente cuenta en “El mar”, uno de los textos que integran las crónicas de Primera persona.

Claro que, a primera vista, la autora podría ser parecida a todas sus protagonistas. De hecho, al igual que ellas nació en Cartagena, estuvo enamorada de su padre y estudió en un colegio del Opus Dei, como ocurre con la narradora de la tercera novela que integra el libro, Educación sexual. Folletín adolescente, una historia que no deja dudas sobre la búsqueda permanente de la autora colombiana por descubrir la materia oculta detrás de cualquier etiqueta.

Una adolescente intrépida narra sus primeras aventuras de descubrimiento sexual y personal. Por momentos temeraria, por momentos tierna, trata de saber qué es el deseo, la pasión, el sexo más allá de la idea de pecado que le transmiten con perversidad sus mayores.

A decir verdad en las tres novelas, la sexualidad, la migración y los discursos morales se tatúan en el cuerpo de las protagonistas adolescentes: el ojo es un animal entrenado para encontrar el núcleo invisible de la vida que les espera. Todas se ríen desde una posición siempre escéptica, y lejos de toda cursilería, se enamoran de hombres mucho mayores, locos, intelectuales, hippies, pescadores, solitarios.

Pensándolo así, García Robayo también tiene la actitud de esas chicas rebeldes que miran cada vez más adentro de las cosas. Así y todo sus personajes no son ella misma, sino cualquier mujer que se anime a observar de frente, sin máscaras, la condición femenina, sea lo que sea esa sustancia volátil y escurridiza.

Si sus primeros textos – como las novelas compiladas en El sonido de las olas– retratan chicas valientes, un poco autosuficientes y descaradas, la más reciente Tiempo muerto muestra a una mujer de mediana edad que parece estar atrapada en un sueño que ya no le pertenece; tiene una carrera exitosa en EEUU y su vida personal a punto de romperse.

La escritura de García Robayo tiene algo tan certero que es demoledor: despeja la neblina de esas mentiras mínimas que parecen hacer la vida más tolerable, y en el fondo, no son más que una jaula.

El sonido de las olas, Margarita García Robayo. Alfaguara, 430 págs.

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