Mercosur: más realpolitik, menos pirotecnia verbal

admin

27/03/2021

Otra vez apareció la pirotecnia verbal en una cumbre de presidentes del Mercosur. Lamentablemente, esta vez le tocó el turno a nuestro presidente Alberto Fernández quien invitó a Lacalle Pou a retirar a Uruguay del bloque si considera que nuestro país le resulta un lastre. Increíble, pero real.

Fernández reaccionó en una cumbre diplomática manejándose como si nuestros países fueran socios en un kiosco en vez de ser los protagonistas de uno de los bloques comerciales más importantes del mundo. Y cuando no es Fernández, aparece Bolsonaro. O Lacalle Pou al sugerir que la postura argentina de flexibilizar el Mercosur es un lastre para el proceso.

Mucha pirotecnia, en una cumbre que tendría que haber servido para crear los ámbitos institucionales imprescindibles que necesita el Mercosur para reflexionar respecto de su rumbo futuro. Nuestros países tienen intereses comunes independientemente de la afinidad ideológica de los presidentes de turno.

Tales intereses explican que siempre se haya caracterizado al Mercosur como un proyecto estratégico. Como si estuviéramos arriba de un barco que, en esta etapa de desorientación estratégica, no va a ninguna parte pero del que, por las dudas, y más allá de la pirotecnia verbal, nadie se quiera bajar.

Si se analiza la trayectoria del Mercosur desde su creación por el Tratado de Asunción, firmado el 26 de marzo de 1991, podemos diferenciar tres períodos históricos:

1) el aperturista de los 90 que puso el acento en liberalizar el comercio intrazona, pero que luego de eliminar los aranceles de importación encontró un hueso duro de roer en otro tipo de obstáculos;

2) el proteccionista, ya en el nuevo siglo, que profundizó las restricciones comerciales existentes pero que intentó una nueva agenda en materia de integración social y desarrollo de infraestructuras aunque sin realizaciones significativas;

3) el estancamiento de los últimos años en el que – con excepción del Acuerdo con la UE – no hubo logros trascendentes y en el que, como adelantamos, se evidencia una notoria desorientación estratégica con respecto al futuro del proceso.

Ahora bien, ¿tiene sentido seguir centrando los debates sobre el rumbo futuro del Mercosur en la controversia aperturismo vs proteccionismo comercial, típica de los primeros tiempos de la globalización? ¿Hasta qué punto la centralidad de las cuestiones comerciales “encaja” en el actual contexto internacional? ¿Será conveniente “perder masa muscular” negociando cada uno por su cuenta en el nuevo escenario?

Porque el mundo del libre comercio que vio nacer al Mercosur después de la caída del muro de Berlín ya no existe más. Se ha desatado la competencia entre EEUU y China por la hegemonía del sistema internacional de naciones. Un escenario complejo e inestable, como todo período de transición de poder de una potencia a otra, en el que los países del Mercosur deberían agudizar su visión estratégica para descifrar en qué áreas están las oportunidades para el desarrollo de sus naciones.

Prescindir de esa perspectiva sistémica debilita las bases para cualquier debate serio sobre el rumbo futuro del Mercosur. Porque desde Francisco Miranda a principios del S XIX hasta nuestros días, los incentivos para la integración sudamericana siempre estuvieron dados por los desafíos que provienen del escenario internacional antes que por la escasa complementariedad de nuestras economías.

En función de lo dicho, los temas comerciales, y en general aquellos relacionados con la economía y el desarrollo, deberían ser analizados desde una mirada geopolítica. Lograr con la geopolítica lo que resultó imposible de conseguir a partir de la “mano invisible” del mercado o de las clásicas medidas proteccionistas. Preguntarnos si en el MERCOSUR no ha llegado la hora de de la Realpolitik.

Eso no quiere decir que tengamos que alinearnos automáticamente con uno de los centros de poder que disputan la hegemonía. Por el contrario, urge analizar la posibilidad de una estrategia flexible que nos permita aprovechar las oportunidades que vengan de uno u otro lado.

Porque somos necesarios para resguardar la seguridad hemisférica de EEUU, pero también para garantizar la seguridad alimentaria y energética de Beijing. No olvidemos que buena parte de los grandes exportadores de alimentos son aliados naturales de Washington.

¿Acaso ello no ofrece una ventana de oportunidades para desarrollar una geopolítica alimentaria que nos permita dejar de ser meros exportadores de materias primas para transformarnos en exportadores de alimentos elaborados para el gigante asiático?

¿Y no podríamos también aprovechar el nuevo escenario para desarrollar nichos interesantes en materia de servicios o de nuevas industrias a partir de nuestra riqueza mineral y energética?

¿Por qué seguimos embretados en la estrategia china de negociar a nivel país en vez de intentarlo como un bloque? ¿Tanto nos cuesta entender que si seguimos con esa estrategia vamos a ser meros proveedores de materias primas tal como lo fuimos de los ingleses en el S XIX?

En fin, son muchas las preguntas que debería disparar el trigésimo aniversario del MERCOSUR en vez de perder el tiempo en trifulcas verbales. Se impone un período de reflexión para examinar las oportunidades que brinda el nuevo contexto internacional. Los presidentes deberían ser parte de las soluciones en vez de protagonizar más problemas. Y nunca olvidar que el divorcio no es una opción. En definitiva, que los gobiernos de turno no separen lo que ha unido la geografía y la historia.

Flavio González es Profesor de Derecho de la Integración, de la UBA

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