“Mono”, el narco colombiano que se fugó en la Patagonia y teme por una bala

admin

21/06/2021

Diego Fernando “Mono” Aranaga Rodríguez (45) cree que en su país hay una bala con su nombre. Por eso, a los presos con los que compartió pabellones federales del sur argentino, les confesó: “Bajo del aeropuerto y puede haber alguien apuntándome desde lejos. En Colombia mi cabeza tiene precio“. Incluso, a algunos hasta les pagó para que fueran su seguridad ahí adentro, temiendo que sus rivales contraten a detenidos para asesinarlo. 

Lo del aeropuerto lo decía porque tiene un pedido de captura de Colombia. Eso implicaba que el día que lo liberaran de Argentina, sería extraditado a su país. Es lo que no quería. Por eso se fugó y ahora nadie sabe dónde está.

Aranaga Rodríguez, requerido por Colombia por un homicidio y condenado en la Argentina a 14 años de cárcel por tráfico de drogas, tiene miedo de morir. Su estrategia era evitar la extradición. Para eso, creía que debía salir de la cárcel caminando.

Si cumplía la totalidad de la pena, seguramente los policías federales lo habrían esperado en la puerta de la Unidad para subirlo, esposado, a un patrullero con destino al aeropuerto, donde se suponía que debía tomar un vuelo con destino a Colombia, siempre custodiado por policías. 

La detención de "El Mono" Aranaga Rodríguez y su novia, en 2014.
La detención de “El Mono” Aranaga Rodríguez y su novia, en 2014.

Durante los primeros años de su condena se propuso hacer buena conducta y estudiar para acceder al estímulo educativo. Y lo logró. El beneficio otorgado le permitió pedir su primera salida transitoria dieciséis meses antes de cumplir la mitad de su condena. La solicitó por primera vez en 2020; el juez de Ejecución se la derogó, a pesar de que le correspondía. Lo mismo en febrero de 2021.

Pero la tercera fue la vencida: el último 16 de abril salió la resolución positiva para él y se la otorgaron.

Durante esos días, el Juzgado hizo informes sociales y socioambientales en la dirección de Cipoletti que fijó para pasar las seis horas de salida transitoria.

Como todo estaba en orden, la “amiga” que firmó como tutora y titular del domicilio fijado para la transitoria lo esperó en la puerta de la Unidad 5 de General Roca, Río Negro, que depende del Servicio Penitenciario Federal.

Aranaga Rodríguez había sido detenido en un country de Tigre, en septiembre de 2014, en el marco del operativo bautizado “Pony Blanco”.

El 24 de abril, seis horas después de su salida, y en el horario que se debía presentar, nadie tuvo noticias suyas. Nunca se presentó. Aun no lo encontraron; sigue prófugo. 

“Tenía todos los informes positivos y los tiempos le daban para acceder a la transitoria”, explican desde el Juzgado Federal de General Roca. “Sobre las tareas investigativas para recapturarlo, no podemos brindar información”, añade.

Pony Blanco

El operativo se anunció en los medios de comunicación nacionales. Se informó que la organización se dedicaba al tráfico de cocaína en el sur del país y al envío de droga a Europa. Se denominó “Pony Blanco” porque así apodaban a la mano derecha del líder, también colombiano.

Los detenidos eran 11 y se habían allanado domicilios en Bariloche, Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Entre ellos estaba la pareja de Aranaga Rodríguez, una colombiana estudiante de Diseño y Modelo. Además de colombianos, los apresados eran argentinos y un dominicano. Sergio Berni, ministro de Seguridad de la provincia, había estado al frente del operativo.

La primera experiencia carcelaria de Aranaga Rodríguez en el país fue difícil: lo enviaron al pabellón 7 de la Unidad de Neuquén. Era “la villa”, como se denomina al sector más conflictivo, de los porteños.

Ingresó y lo robaron entre todos. Le quitaron sus pertenencias y la ropa de marca importada. Tal vez, los presos no tenían noción de quién era. Ni siquiera le dieron la posibilidad de pelear uno contra uno. A todos los que entraban les hacían lo mismo. 

En Colombia, al menos tenía dos antecedentes. Uno por lesiones, en 1998. Y otro por homicidio, en 2003: la causa fue en la ciudad de Ibagué, a 200 kilómetros de Bogotá. El 1° de febrero, a la hora de la cena, estaba con un amigo cuando se cruzó con un grupo de jóvenes. Se reconocieron y su amigo comenzó a pelear cuerpo a cuerpo con uno del grupo.

Durante la pelea, cayeron al piso. Aranaga Rodríguez se metió para pegarle una patada en el ojo al rival de su amigo, actitud que despertó la molestia de los compañeros de la víctima. Entonces, uno del grupo se le habría acercado con un cuchillo o navaja. Y “El Mono” no lo dudó: sacó su revólver y disparó dos veces. Un disparo, al piso. Otro a su rival, que moriría en minutos.

"Pony Blanco", mano derecha de Aranaga Rodríguez detenido por la PSA en 2014.
“Pony Blanco”, mano derecha de Aranaga Rodríguez detenido por la PSA en 2014.

Estuvo detenido en Colombia hasta enero de 2004. Se le otorgó la “libertad provisional”, porque el juez no podía esclarecer quién había sido el autor de los disparos. Al tiempo, pidió su orden de captura. Pero no volvería a tener novedades suyas. Al menos, hasta su detención en Argentina.

Al mes de su ingreso a “la villa”, lo cambiaron al 6, de “Autodisciplina”. Allí se encontró con presos que también estaban por tráfico de drogas, y nadie volvió a molestarlo.

En Colombia, Aranaga Rodríguez se dedicaba a las salideras bancarias. Las cometía en Ibagué y en Medellín. A su banda, la llamaban “Los moto ratones“. No está claro cómo comenzó en el narcotráfico. Ni cómo llegó a Buenos Aires.

Según pudo saber Clarín, “El Mono” le compraba cocaína a los grupos de narcotraficantes peruanos de Buenos Aires. A partir de eso, comenzaba la etapa de “estiramiento”.

Con el producto terminado, había tres destinos: Bariloche, Buenos Aires y Europa (España e Italia).

Al viejo continente la enviaba por intermedio de mulas. En su organización había un químico que se encargaba de impregnar cocaína líquida en prendas de vestir. El máximo por pasajero era de tres kilos. La paga para la mula, entre 8 mil y 10 mil dólares. Si la mula quería, a la vuelta podía traer miles de euros (superando el equivalente a los 10 mil dólares permitidos legalmente) escondidos y ganarse un extra.   

“Se exageró mucho con lo que se dijo sobre Bariloche. No enviaba más de 10 kilos por mes”, le cuenta a Clarín un allegado a la banda. “El Mono” tenía dos hombres de confianza en la ciudad. Que recibían la mercadería que llegaba en autos o micros y se la vendían a revendedores que directamente atendían consumidores. Sus clientes podían comprar “pedidos” de 100 gramos, o 50, o 20. No eran compras grandes.    

Durante las audiencias del juicio, llevado a cabo durante 2016, Aranaga Rodríguez confesó no conocer a muchos de los detenidos. “Ni siquiera sabía de su existencia”, juro. Y según pudo saber este diario, no mentía. “Eran tres grupos distintos. Pero los unieron para armar un círculo mediático”, es el rumor de las cárceles federales del sur del país.  

Uno de esos otros grupos estaba compuesto por el dominicano y dos colombianos. Operaban en Capital Federal y el Conurbano. Los colombianos, detenidos en un hotel de San Cristóbal, trabajaban para otros narcos. Se encargaban del estiramiento de la cocaína que le entregaban y debían devolver luego de realizar los procesos químicos. Iban a comisión de las futuras ventas.

El dominicano atendía una barbería en Ezpeleta, partido de Quilmes. Vendía cocaína al menudeo. Tenía vinculación con los dos colombianos, de los cuales uno había pasado ocho años preso en Ecuador, por tráfico de drogas y de explosivos. No tenían relación con los detenidos de Bariloche, ni con “El Mono”.

El tercer grupo, de barilochenses, era de vendedores independientes. Tenían de proveedores a los dos colombianos que recibían la mercadería que partía desde Buenos Aires, a cargo de Aranaga. Compraban y vendían para ellos, al menudeo.

Otra de las cosas que informó la Justicia es que los detenidos tenían un invernadero para producir marihuana que enviarían a Chile. Al momento de los allanamientos, esperaban por la primera cosecha. Y se trataba, en un principio, de un emprendimiento para consumo propio. Como la marihuana que se conseguía en Buenos Aires (la paraguaya) era mala comparada a la colombiana, intentaron cosechar para consumir algo que les gustara más.   

Los 11 acusados recibieron penas de entre 14 y 4 años de prisión. Todos cumplieron las penas en cárceles federales del sur del país, salvo la única mujer, que estuvo en Ezeiza.

En un country

El colombiano prófugo de las justicias de Argentina y Colombia vivía en el country San Agustín, de Tigre. Allí lo encontró la Policía, el día que lo detuvo. En el barrio decía ser fotógrafo. Se movía en un Mini Cooper que habría comprado a nombre de su pareja, una modelo colombiana.

En los pabellones donde estuvo, aseguraba que le había comprado el auto a un reconocido conductor de radio y TV que hace unos años sufrió un impactante hecho de inseguridad. Les gustaban las motos caras y frecuentar restaurantes exclusivos de japoneses para comer sushi.

El Mini Cooper con el que se movía Aranaga Rodríguez cuando lo detuvieron en 2014. Foto PSA
El Mini Cooper con el que se movía Aranaga Rodríguez cuando lo detuvieron en 2014. Foto PSA

Como los grandes narcos, cumplía la ley de no consumir el producto que vendía. Durante el juicio intentó desligar a su pareja: juró que no estaba involucrada en ninguno de sus negocios. La alta calidad de su droga marcó un antes y un después en el consumo de los barilochenses. Solo bajó durante mediados de 2014. Dio sus explicaciones: “es que la buena se está yendo al Mundial de Brasil. Apenas termine, vuelve la misma de antes”. 

“Era un hombre con carácter”, cuentan los que lo conocieron. “En la cárcel la pasaba bien. Más allá del problema que tuvo en su ingreso, siempre que lo tuvo que hacer, se defendió. Su mamá vivía en Colombia y vino a visitarlo. También recibía a algunas mujeres de Buenos Aires. Les pagaba el avión y los gastos del viaje”. Pero ahora, nadie sabe nada de su vida de prófugo. Lo único concreto es escapa de esa bala que cree que lleva su nombre.  

EMJ

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