Mundos íntimos. Mamá creció sin libertad. Yo, buscando la mía. Eramos diferentes, peleamos bastante pero un día nos entendimos

admin

14/05/2021

Clack clack clack. Odio las sandalias del doctor Scholl. Una suerte de chancletas con base parecida a la del sueco. El impacto de la suela de madera contra la madera de la escalera que da a la cocina, es una redundancia sonora letal. Clack, clack, clack. Mamá pisa firme y yo, que ya estoy despierta a las seis, la escucho desde la cama y sé que no debo bajar, pero me aburro. Seis y cuarto, seis y media y no se me ocurre en qué más pensar para hacer tiempo. Ya adiviné el color del día a través de la persiana, calculé la temperatura ahí afuera, reacomodé mentalmente los cuadros, repasé las fotos de la pared…

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Ahora la casa huele a café. A ella le gusta bien fuerte. A mí, suave. Tampoco en eso nos parecemos. Sube el aroma por la escalera -sin ese sonido escandaloso de las chanclas-. Lo que hace ruido es la cafetera italiana. Oigo la tapa dando saltitos, como una boca abierta pidiendo a gritos bajar el fuego. Imagino la última gota de café volcada en la hornalla y mamá lamentándose. No le gusta ver la casa sucia y se agota limpiando. Para las hornallas encontró una solución. Compró cuatro de más, relucientes, doradas, que quita a la hora de cocinar. Ahí usa las viejas, quemadas. Una vez que apagó el fuego, en cuanto dejan de arder las cambia. Así la cocinar vuelve a brillar, color oro, como si nada.

María Laura Gargarella es la nena. Al lado, sentada, su tía. De pie, su madre y a la derecha su abuela paterna.
María Laura Gargarella es la nena. Al lado, sentada, su tía. De pie, su madre y a la derecha su abuela paterna.

Sé que no debo bajar pero, a mis 12, no le encuentro sentido a estar tirada en la cama. Me pasa lo mismo con tomar sol. A esa edad pienso que dormir y tomar sol son una pérdida de tiempo. Siento que la vida se pasa y tengo urgencia en salir al mundo, como si estuviera llegando tarde. Mamá se queja de lo poco que duermo. Se fastidia en cuanto me ve aparecer y arruinarle ese único momento que es todo para ella. Es que necesita estar sola. Un espacio propio que esa casa, aunque enorme, no suele darle. Es otro tipo de espacio el que busca. Pero eso voy a entenderlo más tarde. La madrugada es ese instante en que el mundo, su hogar, son pura quietud. Un pequeño oasis de placer servido al calor de una taza. El café que beberá a sorbos, haciendo pausas, largando humito en cada suspiro de “aaahh” con el que empaña el vidrio de pie frente a la ventana. ¿En qué piensa una mujer cuando mira un jardín tan callada? No creo que sea en sus plantas. Siento que se pierde en otro paisaje, entre ese jazmín que aún no le florece y las rosas.

Bajo las escaleras en camisón, muy despacio. Apenas apoyo los pies descalzos. Quiero demorar mi aparición pero “criinch-criinch”, ese crujir de la madera me delata. Oigo a mamá resoplar, soltar con vehemencia la taza. Sé que en cuanto pise el último escalón, todo va a estallar.

Pocas relaciones son tan complejas como las de madres e hijas. Hay algo en ese espejo que incomoda, interpela, confronta. Es una danza difícil de coordinar. A nosotras nos tomará varios años conquistar el ritmo exacto.

Italia. Una ventana al pueblo italiano de Colmurano donde nació la madre de María Laura y al cual han viajado para recordar el pasado.
Italia. Una ventana al pueblo italiano de Colmurano donde nació la madre de María Laura y al cual han viajado para recordar el pasado.

Mamá nace en Colmurano, un pequeño pueblo de Italia sobre el Adriático, en la región de Le Marche. Recibe un nombre haiku. Algún día averiguará si en el bautismo le han puesto más, pero no. Con “Ida” basta. Es la anteúltima de seis hermanos. Tres varones y tres mujeres (así de prolijos mis abuelos). Comparten una casa humilde de campo, entre colinas que combinan verde y ocre. La calefacción son los animales que duermen debajo. El abuelo Giuseppe labra la tierra. Y hace zapatos para sus hijos con sogas y troncos de árbol (las mismas suelas de madera, ahora que pienso, de esas sandalias ruidosas que usará luego mi madre).

La abuela María hace malabares entre la escasez de la época y su prole. Mamá apenas la conoce. Sólo recuerda (o decide recordar) pocas cosas. Su pelo largo y lacio que ella le peina subida a un banquito; la piel muy blanca. Tenía siete años cuando se fue. Murió de tristeza, cuenta el relato. El hijo mayor quiere estudiar para sacar a la familia de la pobreza. Pero es 1940. La guerra cambia los planes. “Mi hijo no vuelve, no vuelve” aúlla mi abuela que entonces, enferma. Su hijo no vuelve y ella se va, silenciosa, con él. Mamá escapa corriendo de brazos que intentan retenerla, para ver pasar el cortejo. De ahí en más todas las memorias son igualmente rotas: el llanto infantil sobre esa tumba reprochando la ausencia, su única muñeca arruinada, descolorida por una amiga a quien se le ocurre bañarla, un coche partiendo su pierna, dejándola en un hospital junto a su padre con un accidente similar; la historia de amor truncada por esa prima metida que esconde todas las cartas.

Una maestra polaca se compadece al ver a la niña de luto y le compra un vestido a lunares. Promete ayudarla a seguir estudiando. Mamá es una luz. Lee todo lo que se ponga delante. Pero otra vez se interpone esa guerra. La maestra regresa a Polonia y con ella se va su promesa.

No importa. Aún espera América. Un hermano se instala y la trae. El futuro es el único libro que Ida parece no haber leído. Pronto comienza a trabajar para James Smart. Cose pantalones en una ventana que da a la calle. Ahí hará escala mi padre, en cada paseo con su Vespa, hasta convencerla. Su primera cita romántica: la procesión de San Isidro Labrador.

La llaman Gina por la Lollobrigida. Tiene varios candidatos pero tarda en dar el sí, hasta que los veintisiete son un tic tac. Una mujer soltera a esa edad es mal vista. Como es mal vista también por entonces, una mujer si goza, si sale con más de un muchacho, si ríe fuerte, si anda sola, si estudia o busca su independencia económica.

Pienso en las mil vidas que nos separan. Me cuenta cómo en su pueblo, una joven soltera se arroja de una muralla al saber que está embarazada. Y cómo ella misma le espanta un novio a su hermana Antonia. La ve besarse debajo de la ventana y le lanza un gato, temiendo que el beso la embarazase. Delante de los niños está prohibido comentar que una mujer espera un bebé. Y al día siguiente de una boda se escudriñan las sábanas de la recién casada buscando “la mancha”, ese certificado de virginidad sin el cual, la esposa en cuestión quedaría “manchada”.

Yo nazco a mitad de camino de ese relato y una conquista de derechos (aunque aún insuficiente) galopante. Llego de sorpresa a los 41 años de ella, que después de haberse ocupado de dos hijos y una casa grande, no piensa volver a ser madre.

Peleamos casi por todo. Primero son las colitas: “¡Finitas, mamá, finitas! ¡Ay!”. Las hace gordas, tirantes. No hay caso. Y yo aún no entiendo que a ella jamás la peinó nadie. Que no sabe cómo es una mamá. Luego el tapado: me sobreabriga. Abotonado hasta la pera. Asfixia. Encima marrón (¿qué niña quiere vestir ma-rrón?). La ropa es un punto álgido. Encuentro horrible todo lo que a ella le encanta. Cuarenta y un años de distancia nos hacen planetas que colapsan. Somos autitos chocadores. En la adolescencia, peor. Que ese rouge no, que no tantas fiestas. Que una mujer debería ser así, asá.

Crezco con esa duda constante: “¿qué es una mujer?”. Miro a mis tías. Las oigo hablar. Sé de qué cosas se escandalizan, cuánto se privan, lo que han luchado… Al pisar su pueblo me sorprenden esas mujeres en las ventanas. Pinturas pálidas asomadas, llevando luto, viendo la vida a través de un marco. Los ojos son un scanner sobre mi imagen. Aún conservo una foto en la playa junto a mi abuela paterna – no llegaría a los 70 – también vestida de negro, toda cubierta: medias de lana y un pañuelo ocultando su pelo (bello, abundante) que la hace ver aún más grande.

Me hago mayor entre la imagen de esas mujeres y la de las otras, semidesnudas en todas las tapas de los noventa. Publicaciones que explotan, recortan los cuerpos. Los encuadran dejando en primer plano colas, senos, labios inflados. Imponen modelos esculpidos según un supuesto ideal masculino. ¿Qué es una mujer? ¿Cómo se hace?. Otra vez esa duda en un loop. ¿Es lo que eran mis tías, mi abuela, o lo que alientan las revistas y parecen aplaudir los hombres desde una tribuna imaginaria? No entiendo nada. Aún no se habla de lo que la publicidad infecta a niñas y adolescentes. La confusión y el autorreproche que siembra en todas. Y somos alumnas excelentes en ese arte de criticarnos, señalar aparentes defectos, no creernos nunca suficientes. Ni suficientemente buenas, ni suficientemente valiosas, bellas, inteligentes. Si miro hacia atrás compruebo el tiempo que perdimos en sufrir y lesionarnos -de forma real o simbólica-. Aprendimos esa mentira de que algo anda mal en nosotras. Que siempre hace falta corregir alguna cosa: alisar, levantar, agrandar, esconder, achicar. Ni mi madre ni mi abuela ni mis tías eran culpables. Ellas también aprendieron mal. Todas lo hicimos. Nos faltó ese “espejito, espejito” bueno que mostrase lo perfectas que ya éramos. Lo merecedoras de amor y completas que siempre somos.

Cuando tía Nice -años mayor que mamá- se enferma, paso una noche con ella. En el hospital aprovecho a saber de mi abuela. Ella logró conocerla y yo necesito juntar las piezas. Entonces la tía me hace un regalo. Pierde la vista en el techo bajo esa luz blanca y viaja: “… le encantaba bailar. Una noche hubo fiesta en la casa; no sé qué se celebraba. Alguien tocaba el acordeón y ella bailaba -con algún hombre o sola, ya no recuerdo -. Era como una sirena girando en el aire… Parecía que volaba.” Entre tanta memoria de hambre, pérdida, escasez, al fin una escena trae aire fresco. Ilumina el pasado… Y lo salva. Ahí entiendo de dónde proviene mi amor por la danza y que una noche de fiesta, esa mujer que fue mi abuela rio a carcajadas. Que al menos una vez, en medio de tanta oscuridad, supo brillar. Se dio permiso… La veo volar.

Mamá creció sin permiso, como otras tantas. Sin habilitación para ser soltera por más tiempo, besar más hombres, recorrer el mundo, tener más o menos hijos, usar tal o cual ropa, amar a X persona, estudiar una carrera, elegir qué mujer ser.

Pero también supo transformarse. Adaptarse a los nuevos tiempos, suavizar los bordes que antes raspaban. Inventarse otra madre para mí. Aún sin modelo volanteó a tiempo. Ambas crecimos y en una curva, a mitad de camino nos encontramos. Sellamos, al fin, la paz. Nos pudimos parir, a nosotras. Yo entendí la mujer que ella pudo ser (y la que no). Y ella supo querer la que soy.

No hay persona que pise su casa, electricista, plomero o quien conecte el cable, que no salga de ahí con sabor a torta y ristretto en la boca. Se levanta a las cinco para amasar y llena las heladeras de esos sobrinos -que al irse mis tías adoptó como hijos- de olor a madre. Quien la conoce la ama.

Ella dice que vivió a través de las historias que leía – y aún devora-. Las mismas que yo ahora escribo. Era su forma de recorrer nuevos mundos, escapar de lo hostil que hubiera en el suyo, probar el ruido de otros zapatos.

Y yo heredé su amor por el café, que es mucho más que una infusión. Ahora lo sé. Ya descifré esa molestia de las mañanas… Cuando bebo una taza caliente en algún bar, a sorbos, haciendo pausas, perdiéndome en la ventana igual que ella, me doy cuenta. Ese ritual que me ordena es un jardín propio. El mismo que ella miraba. Un mundo íntimo. Infinito. Inabarcable… El jardín secreto que permite recordarnos. Donde todo es posible. Imaginar nuevas vidas. Ser una. Ser otras… Volar, como hizo mi abuela.

Y ahí no hay guerra, gobierno o fuerza externa que pueda robarnos los sueños. Es ese mismo jardín que mis ancestras probablemente buscaban; por el que tantas se fueron, dejándose alma y cuerpo. Es ese espacio sagrado que aún nos cuesta conquistar, aunque ya es nuestro. “Libertad” se llama… eso creo.
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María Laura Gargarella es escritora y guionista. Ha trabajado en 8 películas aquí y en España, junto a Montxo Armendáriz. Con su primer guión (”Motivos para no enamorarse”) gana el Primer Premio del Concurso Nacional de Guiones de Cine.ar; con el último (”Invisible”) el premio a Mejor Guión del Festival de La Habana (junto a Pablo Giorgelli) entre otros. Su trabajo ha sido seleccionado para L’ Atelier de Cannes, FilmarketHub y puede verse en Netflix. Tiene proyectos de cine en desarrollo en Dominicana, México y España. Ama la música y cree que a la imaginación y a los cafés les debe casi todo. También es terapeuta floral y baila en las noches, descalza.

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