Mundos íntimos. Tenía un grupo de amigas que creía para siempre. Tres años después ya no me hablaba con ninguna de ellas

admin

12/02/2021

Hay un poema de Marina Yuszczuk que se titula “¿Por qué las chicas nos separamos de nuestras amigas” y comienza así: “nos deslumbramos / hacemos un viaje juntas y algún día / nos dejamos de ver”. Hace un tiempo que me lo pregunto. Tengo 29 años y muchas amigas que ya no lo son, supongo que como todo el mundo. Pero hay un grupo en particular al que dejé de ver de repente. Intenté hacer memoria, pensar en el último día que estuvimos juntas y en qué había cambiado antes de llegar hasta ahí.

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Cuando era chica no tenía muchas amigas. No era fácil para mí relacionarme con las personas de mi edad. Quizás tenga que ver que era la más grande (o la más chica) de la familia: la primera hija de mis padres, nieta de mis abuelos y sobrina de mis tíos. Hasta que tuve tres años y nació mi hermano, mis contactos con otros chicos y chicas fueron contados, limitados a algún primito lejano en un cumpleaños multitudinario al que me debo haber acercado con muchísima timidez.

Aquella época. El mate, y Tamara Grosso cuando creía que sus afectos perdurarían siempre.
Aquella época. El mate, y Tamara Grosso cuando creía que sus afectos perdurarían siempre.

Así que cuando empecé el jardín, y después la primaria, me daba bastante vergüenza tratar de hacer amigos. La cultura de los ‘90 no ayudaba demasiado: los dibujitos que todos miraban y a mí me aburrían eran el tema de conversación que compartían los demás, y los chicos eran, pienso, bastante crueles. Una vez, me sacaron las zapatillas y las colgaron de la parte más alta de uno de esos toboganes de plástico grueso que tenían los colegios en esa época.

Pero hacia la adolescencia, las cosas fueron cambiando. Con esta introducción, lo que quiero decir es simplemente que no soy una persona dada a las relaciones amistosas por naturaleza. Me llevó unos cuántos años aprender qué tenía que ver o escuchar o leer para tener alguna opinión en charlas casuales que sirviera para sacar tema; cómo vestirme para que el tema de conversación no fuera la burla e incluso, qué opiniones, por claras que las tuviera, era mejor callar.

Mis primeras amistades -lo digo recién ahora, que me pongo a pensar y hacer el raconto sobre el tema- fueron un poco simbióticas, quizás con una dinámica que se puede parecer a la de ciertas parejas. Alguna otra chica sin muchos amigos y yo, unidas contra el mundo. Con nuestros gustos distintos, nuestras opiniones mordaces, y amparadas por las buenas notas que lograban que al menos los adultos sí nos dejaran tranquilas. Esas amistades se fueron rompiendo y eso no me llama la atención por la naturaleza de esos vínculos intensos, distintos a las relaciones más esporádicas pero sostenidas en el tiempo con otras personas que, ahora sí, conozco hace ya más de 20 años y sigo frecuentando. Esas son amistades que a los diez, doce años, probablemente no me importaban tanto, no me parecían las más divertidas ni las que iban a durar, pero lo hicieron gracias a un vínculo que los momentos compartidos y el paso del tiempo forjaron solos. Las que llamo amistades intensas, en cambio, eran más parecidas a flechazos y tenían mucho de idealización.

No me resulta raro hablar de amistades que tienen la dinámica de una pareja ahora, que tuve parejas que tenían más bien la dinámica de una amistad, y vínculos que no necesariamente se decantaban por una de esas dos opciones. En la adolescencia temprana, en cambio, llegó un punto en el que parecía muy necesario diferenciarlo y el límite parecía claro: los amigos van en grupo. Así que, en algún momento -recuerdo haberme esforzado muchísimo para ello- empecé a formar parte de grupos de cuatro, cinco chicas que hacíamos todo juntas y -esto era importante- nos contábamos todo.

Recuerdo muy bien el momento, antes de decidir hacer cualquier cosa -como besar a alguien- de pensar cómo iban a reaccionar mis amigas cuando se los contara. La idea del grupo de amigas sin secretos entre sí también puede ser un elemento de disciplina, pienso ahora, pero tenía trece años y ningún marco teórico.

De esos grupos de amigas hubo uno que pensé que, ese sí, iba a durar. Ya no teníamos diez ni trece años, teníamos quince, después dieciocho, después veinte. A esa edad, sí, la amistad me parecía madura y para siempre. Había quedado atrás la época en la que era muy tímida. Después volvería, pero en ese entonces me había vuelto extrovertida y estaba feliz.

Éramos seis, y nos habíamos “independizado” de un grupo más grande, de catorce chicas, que habíamos formado en los últimos dos o tres años de colegio, y que se disolvió apenas después de las fiestas de egresados y esa euforia por formar parte de algo. Mi colegio, católico, era mixto, pero solo tres varones no habían sido expulsados ni habían repetido antes de llegar a los últimos dos años, así que las mujeres éramos una mayoría abrumadora y eso nos unió.

Las seis que sobrevivimos al verano posterior al egreso y al primer año sin el punto de encuentro obligatorio del colegio teníamos, al menos en ese momento, mucho en común. Todas estábamos empezando alguna carrera universitaria, varias en la UBA. Todas vivíamos, todavía, con nuestros padres, pero nos queríamos mudar. Ninguna, o casi ninguna, estaba en una relación formal en ese momento. Nos gustaba ir a bailar. Podíamos salir los fines de semana e igual sacarnos buenas notas. Y teníamos algunos intereses diferentes -a mi me gustaba escribir, a otra cantar, otras consiguieron sus primeros trabajos- así que siempre teníamos temas de conversación.

Tres años después ya no me hablaba con ninguna de ellas.

Para explicar por qué, podría tomar el camino fácil y decir que crecimos y nos dimos cuenta de que en realidad éramos bastante diferentes. Si hiciera eso, seguramente caería, además, en el berretín de expresarlo como si mi punto de vista fuera el correcto, el superior, o por lo menos como si mi vida fuera la más interesante de todas.

Las redes sociales y una amiga en común con la que mantuve el contacto me permitieron seguir al tanto de cómo se desarrollaron sus vidas (de esto ya pasaron unos ocho años) y también de lo que piensan, lo que votan, lo que opinan. La verdad es que, si me pusiera a comparar, quizás encontraría más coincidencias entre nosotras ahora que cuando éramos esas amigas que no pasaban un fin de semana sin verse y no se perdían un detalle de la vida de las demás.

No quiero decir sus nombres porque, por supuesto, ninguna de ellas sabe que estoy escribiendo esto. Pero sé que una de ellas se recibió de psicóloga y que trabaja en un hospital público, creo que se especializa en infancias. Otra sigue trabajando de lo mismo que trabajaba en esa época, pero se fue a vivir sola. Dos que no habían tenido pareja estable se pusieron de novias y llevan años, algo parecido a lo que hice yo. Sin embargo, no sé si alguna tiene o tuvo una pareja abierta -hasta esos terrenos no llegan los chismes- pero nada de lo que opinan en las redes sociales indica que, de saber que yo sí, no lo respetarían.

Sé que el 30 de diciembre de 2020 todas estuvimos siguiendo el debate por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo minuto a minuto y festejamos cuando se aprobó, y que si algo nos transformó a todas durante estos años fue el feminismo. Al igual que yo, ninguna es madre. Si no cambió de opinión, creo que una de ellas tampoco piensa serlo nunca, y el resto, a diferencia mía, sí. Comparto con ellas lo mismo que con mis amigas actuales, y con algunas, incluso más. Llegado este punto, creo que eso de tener cosas en común no tiene tanto que ver con la amistad como pensaba al empezar a escribir este texto: ahora tengo amigas madres, tengo amigas casadas, tengo una amiga religiosa. Lo que tenemos en común es, sobre todo, intangible. Me pregunto, entonces, por una razón igual de intangible, igual de abstracta, que me haya distanciado de ellas.

Dice Yuszczuk en su poema: “la última vez / que no sabíamos que iba a ser la última / nos pareció solamente una más”. A nosotras nos pasó eso. La última vez que nos vimos todas juntas fue un día del amigo a los veintipocos años. Nos juntamos en la casa de una de ellas, que vivía con sus padres en una casa amplia, y preparamos una cena sencilla, un poco infantil: fideos con salchichas. Enhebramos los fideos en las rodajas de salchichas antes de hervirlos, quedaron como collares blancos y rosas que comimos con manteca.

Poco tiempo antes de eso, o quizás un poco después, vi por última vez a una de ellas, F. Fuimos a ver una exposición en el Malba. Yo llegué tarde porque la noche anterior había salido con alguien que me había gustado mucho y me había costado levantarme e irme de su casa. No era una excusa demasiado mala para la demora, pero, no se por qué, y aunque se enojó, no se lo conté. Recorrimos el museo en silencio.

En 2015 publiqué mi primer libro. Las invité a la presentación y vinieron dos. Supongo que me enojé con las que no lo hicieron, aunque no me acuerdo de habérselos dicho, ni de haberlo hablado. Tampoco me percaté, en ese momento, de que llevábamos casi un año sin vernos. Creo que, después de eso, no nos vimos más.

Hay errores en esta historia que descubro mientras la cuento. En realidad, mantuve la amistad y el contacto con una de las chicas del grupo, solo que nunca la conté como parte de ese grupo, porque es también mi amiga de la infancia. Y así como ellas faltaron a la presentación de mi libro, yo debo haber faltado a sus cumpleaños mucho antes de que me dejaran de invitar. Sin embargo, hasta ahora siempre había recordado la separación como algo abrupto, total y sorpresivo.

Le digo separación porque, como dije antes, pienso que en las amistades muchas veces hay una dinámica similar a la de las parejas. A veces me pregunto si, cuando dejaron de verme, hablaban de mí. En alguna parte de esta crónica dije que éramos un grupo de seis que se había desprendido de otro grupo más grande. Por la época de esa otra separación, hablar sobre las que ya no estaban era una actividad más frecuente de lo que me gustaría admitir. Así que me pregunto qué habrán dicho después de mí, si ellas tendrán una teoría colectiva de lo que pasó, si piensan que fui yo la que se alejó o que fueron ellas las que decidieron dejar de verme.

Me pregunto también si se acuerdan de mí ahora. Si por ejemplo, como me pasó a mí, el 30 de diciembre, cuando se aprobó la IVE, me habrán recordado y habrán sentido que de alguna forma este era el final de una lucha que habíamos empezado a dar juntas. Es una cursilería, pero me gusta creer que sí.

No hubo una ruptura violenta, una pelea, tampoco hay alguna diferencia irreconciliable que nos haría imposible estar todas juntas en una habitación. Hubo, de su lado, una decisión de dejarme de invitar a ciertas reuniones, y del mío, supongo, un desinterés por escribir para retomar ese contacto que se perdía. En nuestras decisiones adultas sobre cómo ocupar el tiempo, ya no nos incluíamos. Mientras que nuevas relaciones y responsabilidades se vuelven cotidianas, otras dejan de ser imprescindibles. Así una ruptura que un año antes me hubiera dejado devastada, pasó casi desapercibida.

A veces fantaseo con que nos reencontramos. Podría ser una casualidad, el cumpleaños de alguna amiga en común. O podría ser a propósito, como esos grupos de amigos de la primaria que deciden reunirse después de 10 años. ¿Cómo sería? Pienso que se daría una conversación casual, como encontrarse con un compañero de la facultad con el que te llevabas bien pero no te veías fuera de clase. O que nos pondríamos a recordar escenas del pasado, momentos que marcaron la amistad. Me pregunto, sin embargo, cuáles fueron esas escenas y ya no las recuerdo: quizás eso intangible que nos hizo separarnos tenga que ver con eso. No con diferencias ideológicas sino con la incapacidad de crear algo nuevo, algo compartido. Aunque también puede haber sido al revés: quizás existieron esos recuerdos, y los enterré en el inconsciente, porque recordarlos podría resultarme doloroso.

El poema de Marina Yuszczuk termina así: “las mejores amigas no se van/ las mejores amigas se disuelven / como un gas en el aire, sin límites // las amigas se disuelven”. Nuestra amistad también terminó así, sin épica, sin un gran golpe final, pero no hubo vuelta atrás. Como repasábamos en el polimodal cuando nos juntábamos a estudiar Física en la casa de alguna, un sólido que se disolvió en el agua, si bien sigue existiendo dentro del líquido, no puede volver a su forma original.
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Tamara Grosso estudió Comunicación en la UBA, pero le gustaba más la literatura, y se dedica a hacer prensa de libros, entre otras cosas. Nació en Ciudadela y vive en Barracas. Siempre todo le queda lejos aunque sea relativamente cerca. Escribe y aprovecha todo formato que se preste para mostrarlo: tuvo un blog, comparte sus poemas en Instagram, y cuando pudo publicó plaquetas y libros. El primero ya no lo muestra, el último es de poemas y se llama “Cuando todo refugio se vuelva hostil”. Salió por la editorial Santos Locos. Cuando no está trabajando, sigue trabajando de otras cosas, como escribir reseñas de libros y dar talleres de escritura.

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