Mundos íntimos. Una amiga necesitó un trasplante del corazón. Su cuerpo lo rechazó y murió. Aún hoy recuerdo sus ganas de vivir.

admin

11/06/2021

La última vez que la vi fue en el hospital. Acostada en esa cama sobre la que había pasado los últimos cuatro meses, parecía, a pesar de todo, más vital que nunca. Yo le había llevado de regalo una mini edición de “Muchacha punk”, de Rodolfo Fogwill. Ella la hojeaba entusiasmada, daba vuelta las hojas una por una, y hacía como si leyera a una velocidad impresionante. “Genial, genial”, decía. Gracias a su actitud, no era difícil abstraerse de todo: de los aparatos, del suero, del olor a hospital, hasta de su propio cuerpo casi vencido. Hablaba de sus planes de estudiar piano, canto o ukelele. Me mostraba fotos de cuando la dejaban maquillarse.

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Era la primera vez que iba a verla al hospital. Supongo que durante el tiempo de la enfermedad, desde que comenzaron la debilidad y los dolores hasta la internación e, incluso, con la noticia de la necesidad del trasplante, había logrado convencerme, de alguna manera, de que todo era un gran malentendido y que, de un momento a otro, ella volvería a su casa. Ni siquiera había ido para su cumpleaños veintiuno. Me limité a mandarle un dibujo por mail.

Dibujo. Ella estaba internada para su cumpleaños. Leonardo Berneri, con alguna excusa que ocultara su dolor, no fue a visitarla pero le envió este dibujo.
Dibujo. Ella estaba internada para su cumpleaños. Leonardo Berneri, con alguna excusa que ocultara su dolor, no fue a visitarla pero le envió este dibujo.

Bajé del colectivo en La Plata, esa ciudad detenida en el tiempo (era 2012 pero podría haber sido 1985), atravesé diagonales y plazas, calles con números por nombre –fantasía del orden llevada al absurdo–: un paisaje ya familiar de tantas visitas a lo largo de los años. En mi cabeza repasaba frases que había preparado para decirle. Imaginaba una conversación imposible, penosa, insoportable. Me comía la culpa: la había dejado abandonada. Tomé aire antes de entrar al hospital. Por primera vez todo se me hacía real. Me obligué a entrar a la habitación y a resistir por lo menos diez minutos: si ella era capaz de aguantar todo lo que le estaba pasando, qué derecho tenía yo de no estar a la altura de una mínima charla en persona.

Con una sonrisa de puros dientes al verme entrar, borró todo el desasosiego. ¿Qué comedia era esa? Yo, como un pelotudo egocéntrico, agobiado por mis miedos; ella, la enferma, la generosa, dándome tranquilidad; hizo las cosas fáciles y los diez minutos fueron dos horas, las permitidas.

La piel de la cara, telarañada por venitas invisibles, se volvía a estirar en esa sonrisa inmensa cuando me mostraba, orgullosa, las manos extendidas: unos dedos largos cuya palidez se interrumpía en el azul oscuro y oceánico de la pintura de uñas. Apenas unos centímetros arriba se podían ver, justo antes de que comenzaran las mangas tres cuarto del camisón, las viejas cicatrices, blancas e insensibles, dibujando un patrón azaroso: huellas de un tiempo que ahora parecía abismalmente alejado en el pasado, única superficie de su piel, a esas alturas, incapaz de sentir dolor.

Eterna inocencia. La banda hardcore que Leonardo Berneri y su amiga habían ido a escuchar juntos cuando ella aún estaba bien.
Eterna inocencia. La banda hardcore que Leonardo Berneri y su amiga habían ido a escuchar juntos cuando ella aún estaba bien.

“Ayer las enfermeras me dejaron pintarme”, decía, modelando las uñas, cambiando la pose de las manos ante una cámara inexistente. Ese era el tipo de alegrías que le habían permitido aguantar; así construía la fuerza de la espera.

Una de las primeras cosas que me dijo cuando la conocí fue que podía viajar por el tiempo. Dijo “por el tiempo” y no “en el tiempo”. Estábamos sentados en una galería en el patio de la escuela, durante el recreo. Recién arrancábamos la secundaria y ninguno había logrado todavía hacer amigos. Con la excusa de que éramos los únicos del curso que teníamos mochilas “con onda” (yo le había puesto un parche casero de Fun People a la mía y la de ella estaba atiborrada de pines) se acercó a hablarme. “Yo puedo viajar por el tiempo”, dijo. Yo, obviamente, me lo tomé en joda, pero le pedí que me explicara. Dijo que en sueños visitaba momentos de su vida, no solo del pasado sino también del futuro. Se veía niña, leyendo en la cama sola o en un patio jugando, por ejemplo, o se veía vieja en un geriátrico con sus hermanas, más viejas que ella, sentadas una al lado de la otra; contó que una vez se vio ya adulta en una discusión con su madre y no le habló por todo un mes.

Desde ese día no dejamos de hablar y casi no tengo recuerdos de esa época en los que ella no esté presente de algún modo. A pesar de mi escepticismo, ella insistía con lo de los sueños. Yo me reía, pero por dentro tomaba nota de cada recuerdo (así los llamaba ella) y escuchaba con atención, esperando el momento en que apareciera yo, a ver si me daba alguna pista sobre mi futuro. Una vez me dijo que dentro de muchos años, cuando fuéramos grandes, seríamos novios pero que sería por poco tiempo, que nos daríamos cuenta de que no era lo que necesitábamos y que terminaríamos siendo buenos amigos toda la vida. ¿Esa era su forma de mandarme a la friendzone?

Con la mudanza todo cambió. Estábamos por empezar quinto año. No hubo ruego, pataleo ni llanto que lo impidiera: el padre había conseguido trabajo en La Plata y toda la familia se iría para allá. Al principio, se enojó, decía que buscaría un trabajo y se quedaría sola en San Lorenzo. Esa noche se escapó y vino a casa. No era la primera vez que se quedaba a dormir; para entonces yo ya me había conformado con que fuéramos amigos y me sentía bien en mi papel. A la mañana siguiente mi viejo nos preparó el desayuno y dejó que faltáramos a la escuela. Ella hablaba hasta por los codos y se reía como si no pasara nada. Después mi viejo la llevó a su casa. Yo la acompañé en el asiento de atrás. En el camino no habló. Ya no reía pero tampoco estaba enojada.

De sus años en La Plata tengo una versión difusa y enrarecida. Mantuvimos el contacto, hablábamos todas las semanas y viajé varias veces a verla, pero la distancia impone un velo que se va haciendo cada vez más opaco, independiente de las voluntades y los afectos. Para entonces, ya no hablaba de sus sueños.

El mensaje que me empujó a ir a verla al hospital, visita siempre postergada, me había llegado el día anterior: “Estoy primera en la lista”, decía, y ponía emoticones de festejo. Fue como un golpe: algo en mí hizo clic. Dejé lo que estaba haciendo y corrí a sacar un pasaje Rosario-La Plata para el día siguiente. Estar primero en una lista de espera para un trasplante cardíaco solo puede significar una cosa: que no hay nadie, en todo el país, con mayor riesgo. Ella, igual, celebraba. Después de meses de incertidumbre, de dolor y encierro, supongo, la esperanza puede más que el miedo.

En la habitación del hospital la miraba y era como si todos sus rasgos se hubieran extremado hasta el absurdo, o como si su cuerpo, justo cuando debía tener la capacidad de ser flexible y de admitir un cambio –ese trasplante que ahora se hacía inminente–, se empeñara como nunca en ser más él mismo, y allí donde antes había palidez, había ahora transparencia; donde había fragilidad, ahora había unos brazos escuálidos e inútiles, incapaces de agarrar con firmeza siquiera un celular o una taza; y había solo huesos donde antes se mostraba simple delgadez.

Bastaba que hablara, sin embargo, o se riera de alguna boludez que yo le dijera, para que todo eso se esfumara.

En la escuela habíamos descubierto un manga cyberpunk que se llamaba GUNNM: Battle Angel Alita. Ahora es más o menos conocido porque Robert Rodríguez hizo una película. Como no teníamos plata para comprarlo, lo bajábamos de internet, lo imprimíamos y lo leíamos en los recreos. Alita era una cyborg que un ingeniero encontraba casi muerta y despedazada en un basural. Con partes recicladas el ingeniero le creaba un nuevo cuerpo y la traía de vuelta a la vida. De manera instintiva, Alita, que desconocía todo sobre su propio pasado, descubría que sabía pelear y aprovechaba sus habilidades para trabajar como mercenaria y comprarse nuevas partes para mejorarse a sí misma con las recompensas. Así, iba reconstruyendo su memoria y su antiguo cuerpo de guerrera. Mecánica e infatigable, Alita se sobreponía a cada situación y se volvía, cada vez, más fuerte.

Acostada en la cama, flaca como estaba ahora, sus ojos se parecían a los de Alita, desproporcionadamente grandes. “Ahora que vas a ser una cyborg…”, le decía yo, e imaginábamos habilidades imposibles, poderes súper humanos, futuros que ni siquiera ella había soñado.

Fue mi única visita en los cuatro meses de internación, pero ella no me reprochó nada.

Me prometí volver a la semana siguiente. Pero la semana siguiente encontré una excusa para no ir. También la otra. Y la otra.

¿Se puede llegar tarde a una muerte? ¿Se puede no llegar tarde a una muerte? Me enteré por una publicación de Facebook en la que se anunciaba la ceremonia. El cuerpo había rechazado el trasplante, familiares y amigos la despedían, los restos serían esparcidos en tal plaza… Era una publicación de seis días atrás. Ya no tenía sentido ir a ninguna parte.

Todo debe haber sido rápido: no son cosas que se puedan anticipar. De repente, muere alguien que ha manifestado su voluntad de ser donante y cuyo corazón, por azar, capricho, o designio divino, se mantiene sano. En la lista de espera nacional los teléfonos comienzan a sonar, se trazan cálculos de compatibilidad, se cruzan datos, se analizan tiempos y distancias, toda una matemática de los restos de una vida, una bioprobabilística urgente que acaba por resolverse en la mujer que recibirá la gracia del don. Pero el acto de recibir escapa a toda ciencia y un cuerpo puede, pese a todas las previsiones y deseos, a todos los cálculos y rezos, decir, simplemente, no.

Un último recuerdo para que lo último no sea lo final: Fuimos juntos a un recital en La Plata, en el primer año que ella vivió allá. Era de “Eterna Inocencia, una banda hardcore” de la que éramos fans y una de las pocas que todavía hoy puedo escuchar por puro gusto y no por nostalgia. A mí me atraía su espíritu anarquista y autogestivo, sus letras políticas y el hecho de que me hubiera revelado los textos de Rafael Barrett. A ella le gustaba por un disco en particular, “Las palabras y los ríos”, que tenía un tono mucho más intimista y melancólico que los demás.

Estábamos contentos otra vez. Nos mirábamos y nos hacíamos muecas en silencio mientras la banda tocaba sus primeros temas. Entre empujones y saltos, algo en el aire parecía hablar y nos decía que podíamos estar seguros de que la vida no iría sino a mejorar. (Su cuerpo no tardaría en dar las primeras señales algunas semanas después: al principio pareció la debilidad típica que inaugura un resfrío pero la debilidad no se fue y el mínimo roce de su cuerpo contra algo comenzó a traducirse en dolor hasta el punto en que se le fue haciendo difícil caminar, vestirse o levantarse de la cama. La internación llegó antes que el diagnóstico. Pero en el recital todavía tenía fuerzas y estábamos a gusto en la marejada de los cuerpos).

Mientras sonaba uno de nuestros temas favoritos, el cantante se acercó hasta nosotros, que estábamos pegados al escenario, y le ofreció el micrófono a ella. Parada un poco sobre la valla y otro poco sostenida contra mí, lo tomó con las dos manos y gritó, alegre de rabia, la letra de la canción: “¡En esta tierra queda tanto, tanto por crear!”.

Alguien debería haber capturado ese momento.

Que quedaras así eternizada. Sería tu último prodigio. Permanecer para siempre joven y fuerte. Te veríamos detenida en ese instante. Toda una vida en un instante: justo vos, que ya habías visto en sueños tu futuro y tu pasado, que sabías todo lo que habría de ocurrirte y lo recordabas todo, serías, ahora, puro presente.

Allá te quedaste. Ya casi diez años atrás, inoxidable e invencible como Alita. Mientras los demás nos adentramos, presurosos, a la vida adulta y escapamos de las multitudes en los recitales o nos aburrimos de bandas que no llegaste a conocer y hacemos malabares para aguantar con dos trabajos o proyectamos casas e hijos, vos seguís para siempre adolescente, dándole vida a los años cándidos.
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Leonardo Berneri nació en 1991 en San Lorenzo, Santa Fe, lugar donde todavía vive, en medio de un paisaje hecho de fábricas y río. Es docente de Lengua y Literatura y bibliotecario. La cuarentena convirtió su afición a los videojuegos, en particular a los ”shooters” en primera persona, en manía. De modo que, cuando el trabajo y los juegos se lo permiten, escribe o lo intenta. Tiene artículos y reseñas críticas publicados en revistas académicas nacionales e internacionales. Su cuento “En vela” fue ganador del primer concurso de narrativa de Fundación La Balandra en 2020. Escribió su tesis de maestría sobre la ficcionalización de la lectura en Manuel Puig y actualmente se encuentra escribiendo su tesis doctoral sobre uno de sus autores favoritos: Elvio E. Gandolfo.

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