No se ve luz en el horizonte: la segunda ola muestra a la Argentina con defensas bajas

admin

10/04/2021

Todavía es demasiado prematuro para hacer pronósticos sobre lo que deparará a la Argentina la segunda ola del coronavirus. Como sucedió en el 2020, existe el anticipo de lo que acontece en el hemisferio Norte. Se podría, en cambio, reparar en el saldo que arrojó la primera arremetida. Las consecuencias sanitarias fueron muchos peores que las esperadas. Las sociales también. Nunca el virus estuvo bajo control, como alguna vez aventuró Alberto Fernández. Su dispersión ayudó a la inesperada cantidad de víctimas fatales. Puede rescatarse la ausencia de colapso en el sistema hospitalario.

En el plano político e institucional, salvo aquel espejismo de armonía de pocos meses, nada mejoró. Al contrario. El Presidente dejó de tener la fortaleza y centralidad que tuvo para colocarse al frente de la crisis. Fue lijado por Cristina Fernández. La coalición oficial (el Frente de Todos) se convirtió en conventillo de intrigas y acusaciones. La oposición de Juntos por el Cambio pareció comportarse en espejo. Se tornó más intolerante. Porque el Gobierno empezó a devorarse la pequeña dosis de confianza que había edificado en los inicios de la emergencia.

Ese fenómeno en la Argentina siempre resulta dramático. Se trata de una nación hundida que convive, sin inmutarse, más allá de las declamaciones, con un 42% de pobres. Que debe asistir desde el Estado a 27 millones de personas. Fotografía de su desmembramiento. Incapaz, por otro lado, de imaginar cómo producir riqueza. Exhibe ahora el mismo PBI per cápita de los años 1973-74.

Ese fracaso de la política, desafiada por el Covid-19, parece haberse convertido en denominador común en el mundo. El historiador y escritor israelí, Yuval Harari, hizo algunas semanas un interesante balance, en ese aspecto, sobre el año que quedó atrás. Exaltó el valor de los poderes científicos y tecnológicos que le permiten al planeta sobrevivir –aún con un sideral costo– a la pandemia. Esas cuestiones, aseguró, provocaron un cambio en el estado de emergencia, “que pasó de ser una calamidad natural a ser un dilema político”.

“La humanidad –escribió—dispuso de las herramientas científicas para combatir al Covid-19. Varios países, desde Vietnam hasta Australia, demostraron que, incluso sin vacunas, esas herramientas sirvieron para frenar la pandemia. Ahora bien, esas herramientas tienen un alto precio económico y social. Se puede vencer al virus, pero no hay seguridad de que se quiera pagar el costo de la victoria”.

Rubricó: “Por eso, los logros científicos han hecho recaer una enorme responsabilidad sobre los hombros de los políticos. Por desgracia, demasiados políticos no han estado a la altura de esa responsabilidad”. No incluyó a la Argentina. Podría haberlo hecho sin arbitrariedad. Sobrevoló los casos de Estados Unidos (con Donald Trump), del Reino Unido (al principio sólo atento al Brexit) y Brasil (dislocado con Jair Bolsonaro).

Alberto tuvo otra oportunidad para intentar reencauzar las cosas. La habría desperdiciado. Anunció las nuevas restricciones (toque de queda nocturno virtual) con tono moderado. No se animó a una sola autocrítica acerca del largo y dramático año largo transcurrido. Advirtió a la ciudadanía por haberse supuestamente relajado en los cuidados. Pareció utilizarlo como justificativo de las nuevas medidas. Omitió que hablaba mientras él mismo transitaba un tiempo de contagio. Aún con ambas dosis de la Sputnik V en su cuerpo. Amnesia, hipocresía o cinismo.

También confesó que detesta especular con la política en pandemia. El mensaje desde Olivos trasuntó lo opuesto. No habló de privilegiar la salud sobre la economía, como lo supo hacer en 2020. Subrayó el interés por proteger ambas cosas. Incluso las escuelas abiertas, decisión que el Gobierno, por la presión de los gremios, resistió durante un año. La última encuesta de la consultora Managment & Fit reveló que al 60% de los argentinos les preocupa ahora más la crisis económica que el miedo al contagio. Los indicadores son abrumadores cuando se los interpela sobre la educación.

Aquel tono moderado del Presidente naufragó rápido. Algunas críticas de Juntos por el Cambio (la de Patricia Bullrich –“vamos a resistir”– sonó desmesurada) lo desencajaron. A punto tal que terminó por calificar a la oposición de “imbéciles” y “miserables”. Afirmó que nada de lo que hace en pandemia, como le achacarían, tiene relación con las elecciones. En paralelo, el ministro del Interior, Eduardo De Pedro, convocó a los jefes de bloque en el Congreso para proponerles la postergación de las PASO. Para contar, quizá, con mejor inmunidad colectiva y alguna ilusión económica. No fue todo: el propio ministro sugirió ahora, tal vez por temor, que la oposición integre un comité de seguimiento de la pandemia. Se desbloqueó tardíamente la compra de vacunas por parte de las provincias. Con esa esquizofrenia política se comporta el Gobierno.

Nadie descarta que, si la virulencia de la segunda ola lo demanda, las PASO puedan ser corridas. La hipótesis recibió hasta la bendición de Elisa Carrió. Pero resulta difícil descifrar con transparencia las maniobras oficiales. Sergio Massa, por ejemplo, habló de unificar las internas con las generales. Un ensayo improvisado de Ley de Lemas que entusiasma al kirchnerismo. Haría falta, de todos modos, el rediseño de la ley electoral en el Congreso. El tiempo escasea.

El Gobierno aduce premura porque en mayo debería promulgar el calendario. Aunque ignora la dimensión de la tormenta de la segunda ola. El mapa en la región muestra de todo. Hoy se celebrarán elecciones en Perú, Ecuador y Bolivia. Sus estados sanitarios son peores que en la Argentina. En Chile, se resolvió aplazar hasta mayo la votación constituyente. Las dos Cámaras convalidaron tal decisión apenas a cinco días de la fecha estipulada en principio. No habrá sido por el liderazgo ni la ponderación de Sebastián Piñera. El sistema político-institucional funciona. No depende de una voluntad. Ni de un caudillo.

Las elecciones legislativas están distantes. El Gobierno parece obligado todavía a atravesar un desierto. El mayor problema radica en la deficiente y desarticulada campaña de vacunación. Otro escollo es la dependencia del suministro atado por ahora solo a Rusia y China. Bien entrado el otoño podrían llegar las vacunas de Oxford, elaboradas por el laboratorio británico-sueco, AstraZeneca. En los países de la Unión Europea surgieron dificultades con el producto por algunas secuelas que los científicos analizan si tienen relación directa con su inoculación. España acaba de decidir que las usará para personas de algunos segmentos etarios.

Las negociaciones con Moscú y Beijing fueron siempre enigmáticas. Algunos números llaman la atención. La Argentina registra 10,6 dosis aplicadas por cada 100 mil habitantes. Por debajo de Chile (59,6) y Uruguay (27,7). Casi a la par de Brasil (11,8). La curiosidad está en otras latitudes. Rusia tiene un ritmo de 9,2 dosis por cada 100 mil habitantes. China llega a 10,8. Dos de los grandes países-Estado productores que han abastecido a América latina. La languidez de las estadísticas se acentúa con otras comparaciones. No es necesario recalar en el Reino Unido, que supera a Estados Unidos. Portugal alcanzó las 20,1 dosis por 100 habitantes; España está en 21.

Ciertos interrogantes afloran con naturalidad. ¿Rusia y China utilizan sus vacunas mayormente para la diplomacia sanitaria? ¿Sus campañas no resultan eficientes? ¿Hay reticencia de los ciudadanos? ¿O falta de confianza en aquella medicina?

Las dificultades de la Argentina no tienen relación únicamente con el suministro. Existe una logística difícil de comprender. ¿Por qué casi no se vacuna, en medio de la emergencia, los fines de semana? ¿Por qué en Buenos Aires existen intendencias que acumulan dosis y otras que no tienen hace varios días? ¿Por qué se envía a aquellas zonas a vacunarse a recomendados? ¿Por qué en el interior bonaerense se prescinde de los vacunatorios a cambio de locales partidarios de La Cámpora?

Buenos Aires suele ser un incordio para el Presidente. También para Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de la Ciudad. El equipo sanitario del gobernador Axel Kicillof se empeña en imponer los criterios para el orden nacional. Están allí el ministro Daniel Gollan y su vice Nicolás Kreplaj. Talla además Sergio Berni, el ministro de Seguridad. Su condición de médicos lo habilita. Se trata de la feligresía más rancia de la vicepresidenta.

Kicillof no puede con él mismo. Pregona también la idea de no politizar la pandemia. Pero se desborda. Sostiene que de modo comparativo los contagios en la Ciudad son mayores que en la Provincia. A veces sí, a veces no. Menciona una saturación del sistema sanitario porteño –que es privado, remarca—y ofrece sus hospitales a Rodríguez Larreta. Sobreactuación. Omite que 4,5 millones de bonaerenses se atienden en establecimientos de la Ciudad. En los últimos días está sucediendo también con los testeos en alza: de cada 10 personas que concurren 8 proceden del Conurbano. Por esa razón al gobernador y al cristinismo le desagradó la concordia pública entre la ministro de Salud, Carla Vizzotti, y su colega de la Ciudad, Fernán Quirós.

Tales ruindades atraviesan el poder cuando la segunda ola del Covid-19 aterriza. No es lo único que alarma. Máximo Kirchner se desvela por tomar el timón del PJ bonaerense. La intelectualidad kirchnerista realza y debate el derecho de Amado Boudou, condenado por ladrón, a disertar sobre la Justicia en la Universidad de Buenos Aires. El Gobierno exige cuidados, impone rigores a la comunidad pero miles de manifestantes amuchados ocupan las calles a diario para reclamar asistencia social. Sin que ninguna autoridad diga o haga algo.

No se observa luz en el horizonte.

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