Pelota dividida en el área chica de la política

admin

22/05/2021

La necesidad modera la ira de los contendientes, que vienen de atravesar tres torneos de final más que finitos. Fue en el tratamiento de proyectos odiosos. De esos en los que se evidencian modelos, estilos e ideologías contrarias. En el aumento de impuestos a las empresas, el peronismo logró en Diputados apenas 124 votos (cinco menos que el quórum, que es de 129) y a costa de modificaciones acordadas vaya a saber uno a qué precio. La oposición metió 104. Con una filas deshilachadas, salvó otro proyecto odioso: el nuevo Consenso Fiscal. Gracias a que la oposición le perdonó la vida.

Le avisó que se quedaban sin quórum, y que era mejor negociar la postergación de una aprobación, por la que velan los gobernadores. Les permite seguir cobrando, y aun aumentar, los impuestos distorsivos demonizados por la ortodoxia fiscal (Ingresos Brutos, Sellos). En el Senado, el peronismo clavó 38 votos contra 26 de la oposición para aprobar la legalización de los controles Covid que pide el Ejecutivo, para que le hagan caso en el acatamiento de los controles que recortan libertades y transgreden jurisdicciones. Un retrato fiel de la paridad con la que van a las elecciones los grandes actores. Se explica la debilidad en Diputados, porque el Frente de Todos es primera minoría. Se entiende menos en el Senado porque es mayoría holgada. En el tablero de resultados, Massa le va ganando a Cristina en productividad.

La paridad se pone por encima de estos resultados y fuerza a que unos y otros posterguen rencillas – sea cual fuera su dimensión – con tal de no ahondar diferencias. El peronismo ha tolerado la catarata de chicanas de la oposición por la reticencia para defender a su candidato a la Procuración. Alberto no hace fuerza en favor de Daniel Rafecas; Cristina no hace fuerza en contra. Con profesionalismo, el peronismo se acomoda a estos dictámenes saludables de la realidad. Administra un país dividido, con una cúpula transgénica y una oposición que hace malabarismos en el área chica para hacer convivir tribus unidas sólo por el programa de representar al voto no peronista.

Un triunfo en busca de autor

La variedad de los clanes que integran Juntos por el Cambio le impidió a la oposición facturar en la opinión pública un triunfo notable. Quizás el más importante del año: entre el viernes de la semana anterior y el martes pasado, pulverizaron el quórum para la sesión que preparaba el oficialismo para aprobar la Reforma del régimen de fiscales. Un triunfo en política es un triunfo pasajero, pero no pobre (“Mano a mano”, tango). Aquel viernes 15, el peronismo había citado el martes siguiente, por sorpresa, al plenario de comisiones, para cambiar el sistema de fiscales con reducción del número necesario para designar al Procurador General, darle una periodicidad de 5 años, todo bajo el control de una Bicameral. Esta reforma es, para la oposición, más grave que una reforma de la Constitución y que cualquier otro cambio del sistema.

Una derrota que busca un responsable

La alarma sobre el avance en el proyecto movilizó a los caciques de la oposición, y trabajaron sobre el quórum de la sesión, que ha quedado postergada hasta nuevo aviso. Se levantaron teléfonos que nunca se conectan, como los de Roberto Lavagna o Nicolás del Caño, que sumaron su negativa a la de Juntos por el Cambio. Mario Negri y Cristian Ritondo fatigaron esos contactos y comprometieron a legisladores de todos los partidos, para restarles el voto.

Esa movilización de la oposición desde el Congreso tuvo dos apoyos que merecen un instante de reflexión. 1) Olivos no hizo muchos esfuerzos para impedir que le fumigasen el quórum al proyecto. Alberto no movió un dedo para frenar la andanada opositora para alejar la amenaza de aprobación. Con la postergación de las PASO, o la guerra contra la peste, Alberto se había ocupado de que los gobernadores entrasen en el juego de Olivos. No ocurrió en este caso. 2) Tampoco el Instituto Patria hizo mucho para contrarrestar el envión opositor. Como si también Cristina se desentendiera de una trama que reconoce una sola usina en funcionamiento: el despacho de Sergio Massa, padrino de Martín Soria, que debe estar lamiendo heridas. En este episodio parecen haber jugado una partida propia, muy en el estilo de ese caminador de cornisas que es el jefe de los diputados.

Diputados, con lo justo para gravar negocios

Quien busque una radiografía del poder del oficialismo y de la oposición tiene que ponerle la lupa al resultado de la votación de la ley que aumenta el impuesto a las ganancias de las empresas, 124 a 104 votos. El objetivo de la iniciativa es: 1) desbaratar el sistema heredado de la gestión de Cambiemos y 2) compensar la quita que significó para el Tesoro la baja de ganancias sobre los salarios. Un 60% de ese tributo va a las provincias. Los tiempos electorales son momentos de alardes y presunciones de fuerza, para aferrar el voto propio y asustar al adversario.

El músculo se mide con la capacidad de sostener proyectos que llamen a la unidad y disipen divisiones. Para el peronismo del Frente de Todos, la baja de ganancias a los salarios buscó aliviar la carga en los bolsillos de los votantes de la tribuna de clase media. Ese electorado se concentra en las grandes ciudades, en donde el voto opositor es fuerte. La iniciativa busca quebrarlo. Las empresas, en cambio, no votan, ni sus personeros – los empresarios – aportan votos a ninguno de los partidos.

Cambios de urgencia para compensar coparticipación

El resultado final de esa norma sigue abierto. En plena sesión, el oficialismo hizo cambios en las escalas de ganancias sobre las que se calculan los impuestos a cobrar. El gobierno había hecho un cálculo sobre una alícuota cobrable del 30%, que el impuesto permitiría cobrar unos $ 120.000 millones. El doble de lo que se perdía por la baja de ganancias a los salarios.

La Oficina del Presupuesto del Congreso había estimado bastante más, porque consideró que sigue vigente para este año la alícuota del 25% de la norma heredada de la gestión Macri. Carlos Heller dio una explicación alambicada de los cambios en las escalas de los “valores incrementales” de ganancias, que achica la diferencia entre los dos cálculos.

Seamos textuales por un instante, en beneficio del lector y contribuyente: “Las empresas que tienen una rentabilidad de hasta 5 millones de pesos -dijo – van a pagar una alícuota del 25 por ciento, las que tienen una rentabilidad comprendida entre 5 y 50 millones de pesos, una alícuota del 30 por ciento, y las que tienen una rentabilidad superior a 50 millones de pesos, una alícuota del 35 por ciento. Esto siempre debe ser entendido en forma incremental. En otras palabras, significa que una empresa que gana 60 millones de pesos, por ejemplo, va a pagar, por los primeros 5 millones de pesos, una alícuota del 25 por ciento; por el monto comprendido entre 5 millones de pesos y 50 millones de pesos, una alícuota del 30 por ciento, y por lo que exceda de 50 millones de pesos, una alícuota del 35 por ciento. Esa es la manera en que debe calcularse”. Clarísimo, ¿no? Que pase el contador.

Los peritos estiman que el aporte final estará en el alrededor de los $ 200.000 millones. Una compensación más que generosa por sobre los $ 50.000 millones del costo fiscal de la baja de ganancias a los salarios. Festejan los gobernadores, que están a la espera de que el Senado apruebe esta reforma.

El peronismo, sin quórum a la madrugada

Los tiempos electorales les ponen freno a las inquinas. Los bloques mayoritarios pusieron a prueba su muñeca cerca de las 4 de la madrugada del jueves, cuando advirtieron que la sesión se quedaba sin quórum para aprobar nada menos que el Consenso Fiscal.

Este proyecto lo rechaza la oposición, pero no quiso aprovechar la caída del quórum como una bomba de profundidad contra este oficialismo que ya había dado todo lo que podía juntar, unas horas antes, con los 124 votos para ganancias de empresas. En un momento de confrontación sin cuartel – que no es éste – la oposición hubiera aprovechado para precipitar una votación y ganarle la partida al oficialismo.

Cautelosos ante un escenario de guerra total, el trío de JxC – Negri, Ritondo, López – negociaron con Massa y Máximo Kirchner una postergación de la votación hasta nueva fecha, que puede ocurrir recién en junio, cuando vencen las restricciones sanitarias. O antes, si acuerdan un protocolo de emergencia para sesionar de manera virtual. Eran las 4 de la madrugada, un buen número de legisladores se retiraban cansados, después de 12 horas de sesión, para viajar a sus provincias. ¿Falta de autoridad en el bloque oficialista? En estos extremos, el cristinismo es más disciplinado.

Los diputados que responden a Olivos son más díscolos y dejaban sin número a su bloque. La oposición prefirió la mesura, para no contrariar a los gobernadores que necesitan los impuestos distorsivos. También porque el oficialismo podía reaccionar dilatando la sesión hasta recomponer el número y, en represalia a esa picardía, meterles el proyecto de Reforma de la Procuración que ya tiene dictamen de comisión.

Fuego amigo en el oficialismo

En la misma jornada hubo otras votaciones pactadas, como la de postergación de las PASO, que sumaron en paz votos del oficialismo y la oposición. El gerente de esos acuerdos, Wado de Pedro, se mostró en algunos pasillos de Diputados a los sombrerazos con legisladores de la oposición. Se cruzó con su contraparte en la negociación del proyecto, el trío del interbloque opositor.

Se felicitaron por la pulcritud en el cumplimiento del acuerdo. ¿A qué tanta cortesía? A ruidos que hicieron chirriar el debate, todo fuego amigo sobre oficialismo y oposición. José Luis Ramón, cabeza del bloque bisagra que emplea Sergio Massa para compensar fuerzas y debilidades con sus socios del cristinismo, se dijo fuera de la mesa que cerró ese acuerdo. Algo le deben, porque avisó que esa ley es inconstitucional. “¿Qué lograron con eso? – se quejó -. Ponerse de acuerdo y vaya a saber con qué acuerdo, que no está visible, sobre todo para los bloques del medio. Esa es la realidad.”

Está llamando por algo, pero también expresa el pensamiento de su jefe, Massa, que empujó siempre por una suspensión lisa y llana de las primarias. Se diferenció en esto del cristinismo extremo, Máximo, y se apoyó en Alberto y los gobernadores. La mayoría de los mandatarios quieren desengancharse del tramo nacional de las elecciones de este año. El ancla que nacionaliza todo son las PASO: sin primarias nacionales, les es más fácil provincializar las elecciones. La mayoría de los oficialismos están en condiciones de ganar, y por eso no quieren primarias nacionales que les intervengan la estrategia y el discurso por cumplir con el peronismo del AMBA.

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