Plagio explícito: “economía popular exportadora”

admin

14/07/2021

Hola, ¿cómo estás? Si sos del campo, seguramente bien, después de la jornada del 9 de Julio en San Nicolás. El sector logró un buen espacio en los medios, colocándose por unas horas en el centro del tablero, lo que no es fácil en medio de la pandemia…y la final de la copa América.

Y si sos de la ciudad, quizá estés tratando de comprender cómo es que el agro está otra vez en pie de guerra, cuando aparece, de cara a todo el mundo, como el sector que mejor (o menos mal) la está pasando en esta crisis económica y sanitaria.

Trataré de arrimarte una explicación. Es cierto que los precios internacionales están en un nivel superlativo. Ayer dieron otro respingo, a pesar de que un informe del Departamento de Agricultura de los EEUU (USDA) arrojó cifras de stocks finales algo superiores a las que esperaba el mercado. Pero el tono de fondo es la escasez, y faltan todavía diez días para que empiece a jugarse el “weather market”. Se trata del momento en que los cultivos (primero el maíz, luego la soja) inician la fase crítica de la floración. Ahí es cuando necesitan agua, y los pronósticos son inciertos. Parece que está lloviendo por demás en algunos sitios donde ya estaban bien de agua, lo que determina el lavado de nutrientes.

Maíz, soja y trigo al rojo vivo. Entre los 3, exportaciones por 40 mil millones de dólares. Venimos de una cosecha razonable en estas pampas, a pesar del temor por los zarpazos de un gobierno que gasta más de lo que debe y no consigue financiarse. Se está sembrando muy bien el trigo, y se pronostica un campañón de maíz. El sábado pasado en Clarín Rural hicimos un informe muy completo sobre este último y la amplísima oferta tecnológica disponible.

Pero el gobierno amenaza por dos flancos: de un lado, dejan flotando la bravata del ir por todo. Por el otro, subrayan su incompetencia con gruesos trazos de evidencias. Desde el intento fallido de estatizar Vicentín, a la ahora concretada estatización del peaje de la hidrovía. Pasando por la suspensión de las exportaciones de carne, el aliento a las tomas de tierras o exabruptos ambientalistas de baja estofa, como el “discurso epistemológico” adoctrinando en contra de las formas de producir. Aunque después aflojan, la pelota queda picando y el ambiente se enrarece. ¿Qué necesidad?

En este contexto, la semana pasada ocurrieron tres eventos cruciales. Ya hablé algo de ellos pero quiero retomarlos. El primero fue el encuentro sobre agroindustria en el marco del ciclo de Clarín sobre lo que viene, tanto en el país como en el mundo. El segundo fue la conferencia del Centro Argentino de Ingenieros, que dieron Anibal Colombo y Lorenzo Basso. Y el tercero, el diálogo de nuestro Secretario General de Redacción, Ricardo Kirschbaum, con el economista Pablo Gerchunoff.

El primero marcó lo que están haciendo los grandes actores del campo y la agroindustria. La visión respecto de lo que espera el mundo de esta Argentina, a la que saben viable a pesar de nosotros mismos. El segundo, mostró que hay un enorme territorio, tan grande como el que está ya domado, listo para poner en marcha y aprovechar todo el conocimiento y la estructura disponible. Podemos duplicar la producción, y el mundo lo necesita.

El tercero, el del diálogo Kirschbaum/Gerchunoff, instaló el embrión de un nuevo paradigma, una forma de salir por arriba del laberinto en el que se enredan economistas, periodistas y hacedores de políticas. Se agotaron todos: el “modelo agroexportador”, el desarrollismo de los “sectores básicos”, la industria dirigida a la “sustitución de importaciones”. Gerchunoff colocó sobre el tablero la idea de la “economía popular exportadora”. Nos gustó, y aunque sin saber mucho de ella, sugiere una esperanza nueva. Simplemente, porque ya estamos en ella.

Es lo que surge de una breve mirada retrospectiva. A pesar de la enorme exacción que padeció el campo, en particular a través de los derechos de exportación, el interior está vivito y coleando. En veinte años, las retenciones capturaron más de 100.000 millones de dólares de valor genuino, producido en términos competitivos, cuidando el medio ambiente. La agricultura de la alta tecnología inteligente, la de la siembra directa, la biotecnología, la fertilización razonada, el profesionalismo de los contratistas, las escuelas de agronomía, los productores altamente capacitados. Exposiciones, congresos, reuniones de campo y laboratorio.

Empleo, altos salarios. Sí, altos salarios. Son necesarios, y factibles en esta economía popular exportadora. Un maquinista de cosechadora moderna puede levantar 20 mil pesos por día, o más. Y cuesta conseguirlos. Hay puja por llevarse a los buenos. Esta es la economía popular exportadora. Se entrelazan los que vuelan los drones con los que monitorean los cultivos, o los que analizan las imágenes satelitales para hacer aplicación diferencial de insumos. O programan un aplicador selectivo de herbicidas de esos que ahorran el 90% del producto, beneficio económico y ambiental.

La base está, diría Mostaza. Ahora, hay un concepto. Dejemos que el valor generado quede en el origen. Probemos. El uso de lo “popular” no es ideología, es sentido común. Economía popular exportadora. Discutamos sobre esta base.

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