República del malbec

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07/09/2021

Es hijo de una región del sudoeste de Francia (Cahors). Primero lo bautizaron con el nombre auxerrois y, al poco tiempo, con otro más corto, côt. No alcanzaron. Los viñateros se dieron cuenta de que esas tres letras no eran suficientes para describir su carácter duro, hostil y gruñón.

Agregaron otro, malbec (boca “malvada”), que explicaba mejor los efectos impetuosos que generaba en el paladar de sus consumidores.

Era nervioso, a veces tosco. A pesar de su mal genio prosperó en su terruño natal, fortaleció su temperamento y logró una larga vida a través de los siglos.

En esa primera etapa de su existencia longeva llegó hasta países lejanos: Inglaterra lo adoptó con entusiasmo desde el primer encuentro –en el siglo XIII– y el zar ruso Pedro el Grande quedó tan seducido por su carácter que lo llevó hasta Crimea.

Viñedos de Cahors, en Francia, cuna del Malbec. Foto: Jerome Morel / VindeCahors.fr.
Viñedos de Cahors, en Francia, cuna del Malbec. Foto: Jerome Morel / VindeCahors.fr.

Sin embargo, algo estaba faltando. Ese vino antiguo, áspero y de color abismal no lograba expresar aún la parte más dulce, afable y generosa de su carácter. Necesitaba más atención.

Nunca había recibido el afecto y el calor necesarios para liberar su costado más benévolo, escondido en el fondo de su alma. Antes de concretar la metamorfosis tuvo que esperar mucho tiempo y superar grandes dificultades. Transitó la triste soledad del olvido en el que cayó y casi lo arrastra hasta el borde de la extinción.

El destino clemente quiso que abandonara su patria antes de la llegada del castigo implacable de la filoxera, el minúsculo y hambriento insecto parásito que devoró sin piedad las raíces de los viñedos de Francia y de algunos países europeos en la segunda mitad del siglo XIX. Tomó, justo a tiempo, el barco que lo llevó hasta América. Esta vez la suerte estuvo a su lado.

El desembarque latino. La clase dirigente chilena había decidido que el país necesitaba potenciar su esquema agrícola. ¿Cómo lograrlo? Llegaron a la conclusión de que, para hacerlo bien y rápido, había que recurrir a los conocimientos de profesionales franceses, muy valorados en ese rubro específico. Crearon nuevas herramientas para que los cambios se hicieran realidad.

Uvas malbec. / Foto: Ignacio Blanco / Los Andes
Uvas malbec. / Foto: Ignacio Blanco / Los Andes

En 1838 nace la Sociedad Nacional de la Agricultura y tres años más tarde la Quinta Normal de Santiago –inspirada en la Escuela Normal de París– especializada en el estudio de plantas y vides. Esta última institución tuvo entre sus impulsores a un sanjuanino ilustre, Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en ese momento en el país vecino. Su rol no es secundario en esta historia.

Los profesionales franceses contratados tenían a disposición las herramientas idóneas para encarar el objetivo. Desde el Viejo Continente empezaron a llegar plantines de frutales, de vid y hasta colmenas de abejas. Había empezado una nueva era. Sarmiento, futuro presidente argentino, soñaba con exportar esa idea a su patria, pero los tiempos todavía no estaban maduros.

Tenía que esperar que las turbulentas aguas de la política del país –en pleno proceso de formación– se aquietaran, pero estaba seguro de que lo iba a lograr.

En ese contexto conoce a otro exiliado (que también tuvo que dejar su país a causa de la situación política) que formaba parte del grupo de científicos franceses contratados por el gobierno chileno. Su nombre es Michel Aimé Pouget. Se respetan. Comparten el sentimiento de lejanía de la patria. Se tienen estima y confianza mutua.

En 1852, Sarmiento vuelve al país y se muda a Mendoza. Convence al gobernador de la época Pedro Pascal Segura de contratar al agrónomo francés para dirigir un nuevo proyecto: la Quinta Normal de Agricultura inspirada en el modelo chileno.

Sarmiento confía ciegamente en su capacidad. Está convencido de que será el hombre que cambiará muchas cosas. El 17 de abril de 1853 la Quinta Normal abre sus puertas y Pouget empieza a trabajar con entusiasmo en la reproducción de decenas de cepas europeas, en su mayoría francesas (chardonnay, semillón, moscato, merlot, cabernet sauvignon, cabernet franc, pinot noir y otras).

Entre esas pequeñas plantas que buscaban un nuevo hogar estaba el malbec. El côt, el vino antiguo, el vino negro de Cahors. Para la variedad fue el comienzo de una segunda vida. Para Mendoza, el país, su gastronomía y para la industria del vino argentino, también. Esta es la razón por la cual, todos los años, el 17 de abril se celebra –en Argentina y en el mundo– el Malbec World Day.

El 17 de abril se celebra el Día del Malbec: la cepa insignia de Argentina se celebra en todo el mundo. Foto: Pexels.
El 17 de abril se celebra el Día del Malbec: la cepa insignia de Argentina se celebra en todo el mundo. Foto: Pexels.

La ambientación. La “uva francesa” (así se denominaba en el lenguaje cotidiano) necesitó muy poco tiempo para tomar confianza con su nuevo terruño. Rápidamente se hizo amiga del suelo y del clima. Nunca se sintió tan cómoda a lo largo de su vida.

Esta historia es un ejemplo que explica muy bien la capacidad de adaptación de la vid a la geografía que la hospeda. En el caso del malbec, la cepa encontró el lugar perfecto para expresarse en plenitud. Estaba acostumbrada a las caricias tímidas de los vientos del Atlántico norte y del Mediterráneo y a la cercanía de los Pirineos.

Le agradaban, pero siempre supo que no iban a ser los grandes amores de su vida. Ahora delante de sus ojos estaban los majestuosos picos nevados de la Cordillera. Un cambio enorme. La luz era distinta, purísima y el cielo mostraba un extraordinario color celeste.

Sus raíces apaciguaban la sed con las aguas heladas y cristalinas del deshielo de las montañas. El calor intenso del sol radiante le devolvía con creces la energía perdida durante las noches gélidas.

Los viñateros mendocinos la aceptaron desde el primer momento. Estaban impactados por su color potente. Lo usaron para levantar los colores tenues de los vinos elaborados con uvas criollas.

Intuyeron que debajo de su carácter rudo iban a encontrar un corazón generoso. Tuvieron paciencia. Le dedicaron tiempo, mimos y afecto. Gracias a su nuevo hogar, cosecha tras cosecha, la planta y sus uvas tuvieron la posibilidad de expresar las virtudes ocultas de su carácter. Se hizo conocer y querer en todas las regiones del país dedicadas tradicionalmente al cultivo de la vid.

En 1950 ya era la variedad más plantada en la provincia de Mendoza. Prosperó en San Juan, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Córdoba, La Pampa, Río Negro y Neuquén. Un viaje largo y emocionante.

Alcanzó las alturas extremas del NOA hasta los 3.100 metros salteños de la Bodega Colomé y los 3.300 metros jujeños de las Viñas de Uquía.

No se amedrentó delante de los latigazos fríos de la Patagonia. Llegó hasta las orillas del lago Musters, en Chubut, muy cerca del límite con Santa Cruz donde la bodega Otronia cultiva los viñedos más australes del continente. Se acercó a la costa bonaerense. Allí aprendió a disfrutar de la salinidad de las brisas del Atlántico.

Número y curiosidades

Argentina, quinto país productor de vino del mundo es el reino indiscutido del malbec. La cepa es su gran embajadora. Las estadísticas 2020 del INV (Instituto Nacional de Vitivinicultura) indican que se trata de la variedad más cultivada. Con sus 45.000 hectáreas representa el 21% del total de las uvas plantadas en el país. Fue la que más creció en los últimos 20 años.

En el 2000 su presencia se “limitaba” a 16.347 hectáreas. Un avance impactante. Mendoza mantiene el liderazgo del cultivo. El 26% (38.644 hectáreas) de sus viñedos están plantados con malbec.

La segunda provincia es San Juan con 2.914 hectáreas y la tercera del podio es Salta con 1.627. Es la cepa preferida de los argentinos. Lidera, gracias a un contundente 48%, el consumo de vinos finos en el país.

La primera exportación de malbec de la historia se realizó en el año 1972. El Norton-Mendoza Malbec 1971 desembarcó en los Estados Unidos de América gracias a la familia Santos, dueña de la bodega en esa época. Cincuenta años después, decenas de bodegas argentinas están vendiendo el malbec en los mercados que supieron valorarlo.

El volumen de esta venta representa el 64% de los vinos exportados. Su valor ronda los 500 millones de dólares con un promedio de US$ 3,07 por botella. El mercado más importante es el Reino Unido. El segundo son los Estados Unidos de América. Otros grandes compradores son Brasil, Canadá, Países Bajos y Alemania.

El 12 de octubre de 1989, nace oficialmente la D.O.C (denominación de origen controlada) de Luján de Cuyo. La primera denominación de origen vitivinícola de Latinoamérica. Un paso fundamental logrado gracias a la perseverancia de su padre ideológico Alberto Arizu (p), de la Bodega Luigi Bosca.

Es un sello oficial que certifica la calidad del malbec. Sus normas establecen estrictos parámetros de procedencia y elaboración aplicados por los productores asociados. Una garantía muy sólida para los consumidores de Argentina y del mundo.

En los primeros años ’90 del siglo pasado Nicolás Catena, dueño de la bodega homónima, logra posicionar la variedad como vino de alta gama en el mercado de Estados Unidos.

En 1993, nace Wines of Argentina, la entidad que promueve la imagen vitivinícola del país. El malbec fue una de las herramientas más utilizadas para encarar la primera etapa de la estrategia de comunicación de esta institución que reúne a más de 200 bodegas.

Los años ’90 coinciden con la llegada de reconocidos enólogos-empresarios de otros países que creyeron en el potencial de la cepa y plantaron sus propios viñedos en tierra argentina. El francés Hervé Joyaux-Fabre fundó en 1992 la bodega boutique Fabre-Montmayou. El italiano Alberto Antonini hizo lo mismo en 1995 con Alto Las Hormigas.

El célebre Michel Rolland en 1998 creó el proyecto Clos de los 7. El americano Paul Hobbs demostró su amor por el malbec y el vino argentino inaugurando, en el mismo año, Viña Cobos. En 2002, Aurelio Montes –el gran enólogo chileno dueño de la bodega Montes– abre las puertas de Bodega Kaiken.

Fueron aportes muy beneficiosos para la expansión y consagración definitiva de la imagen global del producto.

Grandes bodegas, grupos empresariales y familias extranjeras dedicadas al negocio tampoco dudaron acerca del potencial de la cepa.

Algunos de ellos son la familia Péré-Vergé (Bodega Monteviejo), Familia Lurton (Bodega Piedra Negra), Familia Bonnie (Bodega DiamAndes), Familia Cuvelier (Cuvelier Les Andes), Grupo Dassault (Bodega Flecha de los Andes), Familia Rothschild (Bodega Caro), LVMH (Chandon Argentina-Terrazas de Los Andes-Cheval des Andes).

Al listado se suman Hess Familiy Estate (Bodega Colomé), los grupos chilenos Concha y Toro (Bodega Trivento) y Viñas Santa Rita (Doña Paula), el grupo español Raventós Codorniú (Bodega Séptima), y Origin Wine (Finca La Anita).

Son ejemplos de la atracción y del interés que la industria vitivinícola argentina supo construir con tenacidad gracias a su ícono más preciado.

Los productores argentinos no se quedaron atrás. Sabían perfectamente cómo potenciar las virtudes de su hijo predilecto. El país cuenta, hoy en día, con aproximadamente 900 bodegas que operan en el mercado. Empresas de capitales y herencia vitivinícola argentina que realizan un trabajo de alta calidad reconocido y respetado en el mundo.

Esto se debe a la elevada capacidad de sus profesionales, a las características geográficas del territorio (ideales para el cultivo de la vid) y seguramente al extraordinario aporte del malbec.

La evolución y el futuro. El crecimiento de la cepa atraviesa una etapa apasionante. Es un cambio muy alentador. Los nuevos malbec están renovando su identidad gracias a interpretaciones modernas y más ágiles herederas de un modelo dominado por vinos muy potentes, corpulentos y espesos que, en muchos casos, buscaban el impacto inmediato y cuya procedencia era bastante genérica.

La mención de la macro región de pertenencia era un dato suficiente.

Diamantes en bruto que necesitaban corte y pulido. Los enólogos ampliaron aún más sus horizontes. Entendieron que había que aprovechar el enorme potencial de las micro regiones y micro terruños y trabajar sobre las diferencias entre cada uno de ellos para elaborar vinos malbec diferentes. Fue como colocar una lupa sobre un mapa enorme y empezar a buscar los nombres de pequeños parajes.

El objetivo fue y es pasar de vinos malbec bien elaborados pero parecidos entre sí a versiones que representen la diversidad geográfica a través de una gran cantidad de emocionantes alternativas organolépticas.

Hoy se presta mucha más atención a los matices de color, texturas, aromas, gusto, sabor y acidez. Así se abre el telón de un escenario inmenso para el futuro de la variedad que se presenta antes los consumidores en miles de versiones. Cada una con un estilo propio.

Este es el motivo por el cual prosperaron pequeñas zonas dentro de regiones más grandes y sus nombres se hicieron populares entre los aficionados.

Uno de los viñedos de Cheval des Andes en Mendoza. / Archivo
Uno de los viñedos de Cheval des Andes en Mendoza. / Archivo

Ejemplos. Los Chacayes, Gualtallary, Vista Flores, Paraje Altamira, Pampa El Cepillo, San Pablo (Valle de Uco-Mendoza); el Valle de Pedernal en San Juan. Molinos, Payogasta, Luracatao o Tolombón en Salta. Amaicha del Valle en Tucumán. Huacalera, Tumbaya y Maimará en Jujuy. Hualfín y Valle de Yokavil en Catamarca. Valle de Huaco y Chañarmuyo en La Rioja.

Chos Malal en Neuquén. 25 de Mayo en La Pampa. El Hoyo y Paso del Sapo en Chubut. Cada una con su malbec representativo.

Cepa y terruño tienen que ir de la mano. Ninguno de los dos tiene que dominar al otro. Los enólogos son los grandes jueces de este juego de equilibrio. Hoy imaginan y “diseñan” vinos malbec vibrantes, directos, jugosos, llenos de energía, muy bebibles y de balance notable.

Vinos dinámicos que presentan una paleta amplia de descriptores refinados y que se sacaron de encima todo el peso innecesario.

Vinos armónicos que expresan un costado frutal muy fresco y natural sin renunciar a la complejidad. Al contrario. Compiten sin temores reverenciales con los grandes vinos del mundo. Se ganaron el respeto de los críticos y comunicadores especializados del planeta. Hoy en día, existen interpretaciones de malbec cuyo precio de venta ronda los 20.000 pesos.

Sus rasgos. Sorbo tras sorbo el aficionado puede reconocer con seguridad algunas de sus características. El color es intenso, no tanto como el del cabernet sauvignon. Lo mismo pasa con su estructura. Muy sólida sin ser monolítica.

Su vestido es un rojo rubí con reflejos violáceos y azulados, más o menos intensos, que evolucionan con la edad y que se dejan reconocer sin grandes inconvenientes. Una de sus grandes virtudes es la expresión frutal. Sus aromas remiten a la dulce frescura de la fruta roja y negra maduras.

Recuerdan la guinda, la cereza, la frutilla y la ciruela de verano. Con mayor o menor intensidad y concentración. Es un vino suculento, amistoso y aterciopelado. El talento de los enólogos y la diversidad de los terruños estimularon los aromas florales, balsámicos y en algunos casos, especiados. Degustar un buen malbec es un placer genuino.

Es el compañero ideal del asado con salsa barbacoa. Foto: Shutterstock.
Es el compañero ideal del asado con salsa barbacoa. Foto: Shutterstock.

Es el compañero ideal de la comida tradicional argentina. Los más estructurados son la pareja perfecta del sagrado asado nacional y del cordero. Los más jóvenes se sienten cómodos con las pastas con salsas de tomate, carnes y hongos. Los rosados acompañan los pescados de río, las carnes blancas y tablas de quesos, embutidos y chacinados.

Los blancos (hay vinificaciones en blanco) funcionan con pescados, mariscos y comidas especiadas. Los espumantes se asocian con el Martín Fierro, ambrosía, budín de pan, arroz con leche, torta Rogel o el postre Balcarce. Desde ya no tiene inconvenientes en acompañar la comida contemporánea del país y las comidas étnicas.

Pasaron 168 años desde ese 17 de abril de 1853. Un recorrido emocionante que ya es parte de la historia del país. Un ícono que pertenece al imaginario colectivo de los argentinos. Un compañero fiel de los asados de los domingos y de las reuniones familiares. Un aliado de las bodegas y de la economía. Un invitado que es siempre bienvenido cuando hay que celebrar.

¡Larga vida al malbec!

E.M.

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