Rudik, el taxista que devolvió un celular que vale más de lo que él gana en todo el mes

admin

10/04/2021

La ruta del iPhone tiene mano única y la conocen muy bien los ladrones. Termina casi siempre en alguna galería de la avenida Pueyrredón, donde los repuestos se venden pieza por pieza. La batería a 22 mil pesos, la cámara de fotos a 20 mil, la carcasa a 15 mil y así hasta juntar alrededor de 100 mil por aparato. Pero el taxista Rudik Sirekanyan conoce una sola ruta. Es la que todas las noches lo lleva a su casa de Villa Crespo. En un buen día de trabajo gana 4 mil pesos “limpios”.

Eso me alcanza para poner tranquilo la cabeza sobre la almohada“, dirá después de devolverle a un pasajero el teléfono que había olvidado sobre el asiento trasero de su Chevrolet.

Rudik es armenio y llegó a la Argentina –donde se roban 166 celulares por hora– en 2001. Nunca imaginó que le iba a costar tanto construir su propia ruta de salida.

“Mi idea era juntar algunos pesos y volver a mi país, pero las cosas se complicaron...”, cuenta con un forzado español. Trabajó como joyero hasta que en diciembre explotó la crisis y debió cambiar el oro por el bronce. “Me salvaron las chucherías“, sonríe. Hasta que en 2003 pudo volver a fabricar anillos y dijes de plata en un taller de la calle Libertad y Sarmiento. Oro, nunca más.

En eso anduvo todos estos años hasta que la cuarentena lo “partió al medio” otra vez. Y a los 43 años debió empezar de cero: “En marzo decidí vender todo y comprarme un auto usado para convertirlo en taxi, pero como medio país estaba cerrado la licencia recién me salió en octubre“.

De joyero a taxista. Cuando llegó a la Argentina empezó a trabajar con oro, luego con cobre y más tarde vendió todo y se compró un auto usado. Lo trasformó en taxi. Foto: Lucía Merle
De joyero a taxista. Cuando llegó a la Argentina empezó a trabajar con oro, luego con cobre y más tarde vendió todo y se compró un auto usado. Lo trasformó en taxi. Foto: Lucía Merle

Desde entonces Rudik se sienta al volante de su taxi todos los días de 8 a 22. Menos los domingos, aclara. Los domingos es para la familia. A su mujer, Liana, la conoció en Armenia. Allá fue a buscar a esta maestra jardinera en 2007. Sus primos le habían hablado de ella. Muy bien, claro. Y viajó nomás con la certeza de que traería a la Argentina a la madre de sus hijos. Y no se equivocó. Acá nació primero la “nena”, que hoy tiene 12 años. Y luego el varón, de 5.

¿Por qué la Argentina, un país que lo recibió al borde del precipicio? Rudik da vueltas la cucharita por su taza de café y responde despacio, como si masticara algo. Sabe él que muchos armenios han llegado acá empujados por el genocidio de 1915. Y sabe también que hay una gran comunidad (la tercera en el mundo) que guarda celosamente las costumbres y la lengua que la unen con su tierra. Y sobre todo sabe que ni una sola familia se salvó de perder a alguno de sus miembros en esa matanza organizada por el Estado turco otomano que costó la vida a 1,5 millones de armenios.

Sirekanyan se quedó acá tal vez por todo eso, junto a otros 120.000 armenios que hoy viven en la Argentina. De hecho, el día que encontró el celular perdido en su taxi tenía una “cita impostergable” con los muchachos del fútbol, casi todos armenios, obvio. Pero el partido de los martes esta vez arrancó sin él. Sin el número cuatro en la cancha. Primero tenía que ubicar al dueño del teléfono, que resultó ser un periodista que guardaba en ese pequeño aparato la mayoría de los contactos y las fuentes que fue haciendo a lo largo de su carrera.

El pasajero había tomado el taxi al azar, cerca de la Plaza Congreso, rumbo a Carlos Pellegrini. Eran las 21 horas y Rudik calculó que llegaría a tiempo al partido de fútbol. Pero al bajar del auto para ponerse los pantalones cortos encontró atrás el celular extraviado. Decidió esperar hasta que sonara el aparato. Y sonó. Al otro día Rudik manejó hasta la casa del pasajero para devolverle personalmente el celular que cualquier ladrón hubiese colocado en el mercado negro por un valor similar a un mes de su trabajo arriba del taxi.

"¿Qué extraño de mi tierra? Las montañas", dice Rudik, que se casó con una chica armenia y tiene dos hijos argentinos.
“¿Qué extraño de mi tierra? Las montañas”, dice Rudik, que se casó con una chica armenia y tiene dos hijos argentinos.

¿Qué extraño de mi tierra? Las montañas“, dice, y vuelve a sonreír con una mueca tímida. Nació en Aparán y quizás para sentirse más cerca de su casa llevó a su familia a conocer las montañas de Bariloche. Eso fue allá por 2012. La primera y única vez que salieron de vacaciones. La plata no se estira, qué va. Apenas alcanza para pagar el alquiler y el colegio de los chicos. Pero Rudik no se queja. Solo sonríe. ¿Cómo se va a quejar un joyero que terminó convirtiendo el cobre en oro?

Las chucherías, ay, las chucherías me salvaron de morirme de hambre“, insiste. Y apura el último sorbo de café porque le avisan que ahora tiene que ir a buscar a un pasajero cerca de la avenida Pueyrredón. Sí, conoce la ruta. Pero no es la ruta del iPhone.

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