Salchichas y política exterior

admin

11/07/2021

Se atribuye a Otto von Bismarck una agudeza mil veces repetida: hay dos cosas que un buen alemán no debería intentar conocer: cómo se hacen nuestras salchichas y los fundamentos de nuestra política exterior. El canciller de hierro dramatizaba: los buenos alemanes de entonces no se preguntaban por los fundamentos de la política exterior prusiana como tampoco lo hacen los de ahora.

Cualquier ciudadano podría entender y discutir esos fundamentos, pero la inversión de tiempo y de esfuerzo sería muy alta. Aunque en países que tienen una política exterior con pilares hipotéticamente estables, este esfuerzo es menos arduo.

El hombre común internaliza algunas nociones que estima constantes, le gusten o no. Pero en los países en que la política exterior es muy oscilante, zigzagueante, desde la tribuna no tenemos opciones: apenas podemos extraer, de acontecimientos puntuales, indicios sobre para dónde van las cosas en cada momento, pero muy pocos se preguntan por las bases que confieren una dirección, y esto es de sentido común: ¿para qué, si esas bases son tan variables?

Es lo que ha sucedido en la Argentina una y otra vez desde hace décadas. Cada gobierno ha tenido sus propios y refundadores entusiasmos, que a compás de las sucesiones han sido siempre pasajeros.

Esto no es necesariamente malo, en regímenes democráticos es perfectamente legítimo que los ciudadanos alienten cambios de política externa, que los políticos lideren mutaciones, o que la opinión debata en qué medida debemos acusar recibo de alteraciones del contexto internacional. Lo malo es que la política interna, con sus avatares tan cambiantes, repercuta de modo constante y sin amortiguadores en la política externa.

Paradójico: los ciudadanos, racionalmente, nos interesamos poco por una materia que es demasiado elusiva y perecedera como para gastarnos en comprender; pero esta materia está hiperpolitizada por el uso que hacen de ella las élites, en un juego teatral u orientado a atender sus propias clientelas domésticas.

Pero todo esto – al menos por ahora – pertenece al pasado. Los argentinos de hoy es mejor que nos dediquemos a averiguar qué le ponen a las salchichas que a empeñarnos por conocer algo que no existe.

La política exterior de este gobierno no tiene fundamentos. Algunos periodistas, por obligación profesional, quizás se sientan en la necesidad de adivinarlos. Es perder el tiempo y una de las razones de esta desconcertante novedad, es la mezcla de incompetencia y fórmulas gubernamentales.

La incompetencia descansa, principalmente, en Alberto Fernández. Para mí, que confiaba en sus dotes de mediador político, el Presidente se viene mostrando como un mal improvisador, un cortoplacista que cree piola decir cualquier cosa a cualquiera. En parte esta actitud puede ser explicada: la presión colosal que sufre Fernández, y que es resultado del modo en que se resolvió el funcionamiento de la fórmula gubernamental.

La mejor solución electoral no es, necesariamente, la mejor solución de gobierno. La composición de la fórmula presidencial permitió al peronismo ganar, pero luego, el camino que se escogió para gobernar con esa fórmula fue muy malo. Esto se revela claramente en el plano de la política exterior, a la que calificar de incoherente sería una indulgencia.

La política exterior de Kirchner, o la de Cristina, tenían un norte (para mí muy malo). La política exterior del gobierno de Fernández carece por completo de él.

Las sobreactuaciones son un buen indicio. Un presidente que se declara europeísta y concelebrante de los 100 años del PC chino, los violentos bandazos en relación a Nicaragua, las alegaciones inauditas en relación a Venezuela (“El problema de los derechos humanos fue desapareciendo”), el papel – en absoluto justificado o merecido – de enfant terrible que pretende desempeñar en el Mercosur (confirmando así nuestra mala reputación de engrupiditos), explicarle a Macron que el capitalismo ha fracasado, cancherear rebautizando a Biden (Juan Domingo Biden), son unos pocos ejemplos de esta infausta conjugación de incompetencia y fórmula presidencial. Pero ¿Argentina forma ya parte de un eje con China, Rusia, Venezuela y Cuba? No pasa, creo, de una espantosa pesadilla. Más bien el actual gobierno nos ha colocado en un protector de pantalla, en que nuestra imagen deriva rebotando en los límites.

La constante es que jamás se intimida ante el exceso. El actual canciller cree necesario explicarnos que Perón le dio al amor categoría política. Demasiado cerca de Robespierre (con la diferencia de que Maximiliano así pensaba a los 33 años y Felipe tiene 70).

Y una nueva paradoja: racionalmente, no nos interesamos (puesto que sería inútil) de algo que, no obstante, posee consecuencias tan trascendentes para nuestras vidas. Odio los corolarios – que resultan a veces engañosos – pero en este caso no los puedo evitar: este dilema de acción colectiva puede ser ruinoso.

Como sabemos demasiado bien los argentinos, los grandes cambios en el contexto internacional redefinen a su vez las opciones de largo plazo domésticas y de inserción en el mundo, sobre todo para naciones medianas o pequeñas. De momento, en un mundo en extraordinaria mutación, nosotros estamos derivando, rebotando entre opciones reaccionarias y conservadoras.

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