Santas peleas callejeras en Berazategui: el barrio en el que el ring es la calle y el boxeo una oportunidad

admin

20/07/2021

La diferencia horaria es de dos horas y la distancia en kilómetros es de 8.289. En San Antonio, Texas, Estados Unidos, el matancero Brian Castaño (31) se enfrenta a la pelea más importante de su carrera. En el ring lo espera el local Jermell Charlo (31). Si gana se quedará con los tres títulos de su rival y mantendrá el suyo. Además recibirá una bolsa de 10 millones de dólares. Faltan cerca de ocho horas para el combate.

Pero ahora mismo son las cuatro de la tarde en el sur de Buenos Aires. Y en uno de los playones del Complejo de viviendas Juan el Bueno, de Berazategui, rodeado entre los monoblocks, dieciséis jóvenes que recuerdan al Brian de los comienzos, calientan para pelear. El ring es la calle. Sus esquinas, otros pibes como ellos, que graban con sus celulares y los agitan para que no dejen de atacar. No habrá 12 rounds por pelea, como en Estados Unidos. El reglamento propio dice que es a un solo round. De dos minutos. Con guantes y protector bucal. Palo y palo; golpe por golpe. Con rap yanqui de fondo, el escenario se parece a una película grabada en el Bronx de Nueva York. Al comienzo no lo marca una campana. Es la acelerada de una moto de alta cilindrada.  

El presentador anuncia a los dos primeros boxeadores. De un lado, uno local. Del otro, uno de Palermo. El primero es amateur y el otro está por sacar su licencia. Pesan lo mismo: 66 kilos. El árbitro es el de siempre, en los ocho enfrentamientos. En cada pelea hay un peleador de Berazategui. Son duelos con rivales que llegan desde otros puntos del Conurbano. 

El round es a pura piña, desde el primer segundo. No se estudian ni se analizan en lo más mínimo. Van para adelante con rectos, sin combinaciones. Se desafían a cada rato. Uno le hace señas al otro para que avance, que lo espera, y el que recibe los golpes mueve la cabeza para decirle que no, que sus golpes no le hacen nada. Pero cuando se termina la pelea, se abrazan y todos los aplauden. No hay fallo. Pelear ya es ganar.   

Santas peleas callejera es el nombre del encuentro de boxeo callejero que organizan vecinos de Berazategui y que busca darles un espacio a jóvenes. Foto: Emmanuel Fernández
Santas peleas callejera es el nombre del encuentro de boxeo callejero que organizan vecinos de Berazategui y que busca darles un espacio a jóvenes. Foto: Emmanuel Fernández

El público explota. Festeja todos los golpes conectados y grita para que no dejen de atacar. Habrá cerca de ciento cincuenta personas. También están los vecinos que miran desde sus ventanas. Un grupito de nenes se sube al techo de un auto abandonado para poder ver. Entre pelea y pelea habrá otro tipo de espectáculos: bailes de break dance, la grabación de un video clip en vivo y la “exhibición” de un nene de seis o siete años: tirará golpes solo, en un ejercicio de sombra. 

El proyecto se llama “Santas peleas callejeras”. Nació este año por la idea de un grupo de vecinos del barrio el Bueno y ya están organizando fechas en otros complejos de monoblocks, como La Favela (La Plata), Dock Sud (Avellaneda), Lugano 1 y 2 (Capital) y Fuerte Apache (Ciudadela). El objetivo, a futuro, es internacionalizarlas. Los participantes son peleadores amateurs, o practicantes de algún deporte de contacto, o pibes que no están en actividad pero lo estuvieron durante años.        

Hace 40 años

“Hace 40 años hacíamos lo mismo pero sin teléfonos celulares”, cuenta Walter (49), que además de vecino del barrio es un montón de cosas: ex peleador de Jiu Jitsu, presidente de una cooperativa local, docente de Kick Boxing (también local, barrial) y árbitro de las Santas peleas callejeras.

Walter, vecino del barrio y árbitro en Santas peleas callejeras, cuenta que los encuentros se producen hace 40 años y que ahora se difunden por las redes sociales. Foto: Emmanuel Fernández
Walter, vecino del barrio y árbitro en Santas peleas callejeras, cuenta que los encuentros se producen hace 40 años y que ahora se difunden por las redes sociales. Foto: Emmanuel Fernández

Conversa con Clarín en la previa de una nueva jornada de piñas, en el sector denominado “Playón del Tanque”. Detrás de él, un grupo de hinchas de Berazategui pinta un mural del club. Otro grupito prepara el fuego en una parrillita que se sostiene por dos piedras de cada lado. Los locales reciben a los visitantes, que llegan en motos, en autos, camionetas, de a pie. Los vecinos nenes se acercan a preguntar dónde serán las peleas. De fondo suena la cumbia preferida en la zona sur del Conurbano: la santafesina. Los del Fuego cantan una versión propia de Wonderful Tonight, de Eric Clapton. Y cada tanto, todos dejan de hacer lo que hacen para hacer palmas y cantar. Pareciera que son las -buenas-energías del momento. En total ya hay cerca de 30 personas. 

Lo que sostiene Walter tiene un argumento, que él afirma: el Bueno es históricamente un barrio de boxeadores. O más que eso: también hubo, y hay, peleadores de Kung Fu, de Muay Thai, de MMA y varias artes marciales más. “Desde que tengo uso de razón, en el barrio hay guantes. Yo aprendí a mis 12 años. Nosotros éramos 40 amigos que nos juntábamos en este mismo lugar (por el playón), y todos sabíamos pelear. Nos enseñaban los pibes más grandes, que se entrenaban en clubes. Y nos la pasábamos peleando. Porque en aquella época si vivías en un barrio como el nuestro tenías que aprender a pelear”.

Lo de ver pibes peleando con guantes en el barrio se mantuvo de generación en generación. Mauro Chávez (29) es otro vecino del barrio. Empezó de nene. Su papá daba clases en la Federación Argentina de Boxeo (FAB), y él lo acompañaba. Salía del colegio, almorzaban y se iban juntos. Mano a mano. El primer turno era en la FAB y el segundo en el Círculo Policial. Con el tiempo hizo sus primeras peleas “truchas”, después sacó su licencia de boxeador amateur y fue becado por la Municipalidad de Berazategui. Representó a clubes, a sindicatos, a partidos políticos bonaerenses. Su récord es de 22 triunfos y dos derrotas. Abandonó el deporte a sus 25 años. En 2017.

“Crecí con una dualidad terrible. Por un lado la disciplina del boxeo y por el otro la realidad del barrio: cada tanto cruzaba a pibes entrando a los departamentos con algún encapuchado”, recuerda Mauro. Se refiere a los primeros años del nuevo siglo, cuando los secuestros extorsivos se pusieron de moda en el mundo delincuencial. “Eso me generó curiosidad, un paralelismo: porque yo iba a un colegio privado. Tenía amigos que eran hijos de chorros y jugaban con los mejores juguetes y amigos hijos de cartoneros que no tenían nada. Las imágenes de encapuchados me corrompían un poco”, dice. Tenía 12, 13 años.

Mauro Chávez es uno de los organizadores e ideólogo de Santas peleas callejeras, un proyecto con el que intenta alejar a los más jóvenes de la delincuencia. Foto: Emmanuel Fernández
Mauro Chávez es uno de los organizadores e ideólogo de Santas peleas callejeras, un proyecto con el que intenta alejar a los más jóvenes de la delincuencia. Foto: Emmanuel Fernández

Algunos de los secuestradores del barrio fueron detenidos y cumplieron entre 8 y 12 años en cárceles federales. Cuando salieron se cambiaron de modalidad. Empezaron con las salideras bancarias. Con las “entraderas” también: apuntaban a los comerciantes y empresarios que debían ir al banco a depositar pagos. Los robaban antes de llegar.

Pero los ex secuestradores no se querían exponer. Ya habían pasado muchos años presos. Se dedicarían a la inteligencia: a recibir “datos” o “entregas” de empleados infieles o familiares y a seguir a las víctimas hasta enterarse qué día entrarían o saldrían del banco con efectivo. Les faltaba un ejecutor. Y ahí apareció Mauro. Era el encargado de arrebatar los maletines y correr con el botín hasta la moto que lo esperaba a pocos metros.

Mauro había dejado de entrenar y de subirse a un ring. Pero no había abandonado del todo al boxeo. Como lo que le sobraba era el tiempo (porque robaba un día y podía vivir un mes sin hacer nada), las tardes de vagancia en el barrio incluían, además de cervezas y porros, “peleas”.

“Estábamos en la esquina y siempre alguno me decía que fuera a casa a buscar los guantes. De mi esquina o de otra banda de amigos de otros monoblocks. En el barrio había más de 20 boxeadores amateurs. Y hacíamos acá mismo, en los playones, con guantes. Los que ya no entrenábamos necesitábamos la adrenalina de esquivar golpes, de conectarlos, de recibirlos. Nada mejor que hacerlo con pibes que seguían en competencia”, cuenta.

Entre una pelea y otra hay shows de break dance, grabación de videoclips en vivo y hasta exhibiciones de boxeo. Foto: Emmanuel Fernández
Entre una pelea y otra hay shows de break dance, grabación de videoclips en vivo y hasta exhibiciones de boxeo. Foto: Emmanuel Fernández

Su vida tomaría un nuevo vuelco en el verano pre pandemia (2020). Viajó a Mar del Plata y conoció un grupo de chicas. Una mañana de fiesta, a la salida de otra fiesta, el destino quiso que ponga una canción del rapero Homer Mero Mero. Una de las presentes se le acercó para contarle que conocía al artista. Esa mañana hablaron por primera vez. Mauro y el rapero. Por teléfono. 

Al tiempo volvieron a hablar. Por videollamada, Mauro le mostró el barrio: los murales de Berazategui, los playones, los monoblocks, los comercios en la planta baja, los pibes de las esquinas, los nenes yendo y viniendo en bicis o jugando a la pelota. Homer quedó maravillado. Le dijo que en la semana pasaría a grabar su próximo video clip. La decisión sería el primer giro de la historia.

“El barrio se revolucionó con el video clip”, recuerda ahora Mauro en el playón, un día de la semana previa a una nueva edición de las peleas. “Un mes después del rodaje se seguía diciendo ‘vinieron las cámaras…’. La gente hablaba de la producción como si fuesen extraterrestres. Sentí que estábamos muy atrasados. Y entendí que teníamos a los ídolos incorrectos: respetábamos a los chorros. Homer me invitó a participar de otro video y fui conociendo el mundo audiovisual. Dije ‘¡guau!, tengo que grabar algo’. Todavía no sabía qué”.

El delito ya casi estaba desapareciendo de su vida. Se había peleado con la banda de salideras. Formó su propia banda. Se dedicaban a las entraderas de casas. Pero la suerte no estaba de su lado. Siempre les pasaba algo. O los corría la Policía, o un compañero terminaba herido de bala, o el dinero era poco. Mauro estaba descubriendo otro mundo. Sus energías estaban en lo audiovisual. Su mente pensaba en eso, más que en los robos.  

Cientos de personas del barrio se juntan para cada fecha de Santas peleas callejeras, en Berazategui. Foto: Emmnanuel Fernández
Cientos de personas del barrio se juntan para cada fecha de Santas peleas callejeras, en Berazategui. Foto: Emmnanuel Fernández

Una de esas tardes tan iguales al resto en el barrio grabaron una de las peleas que se hacen desde los 80: dos pibes, con guantes, en una esquina, rodeados de diez o quince pibes mirando y agitando. El video contaba con un detalle que lo haría viral: de fondo sonaba Homer Mero Mero. Un vecino lo escuchaba en su departamento de la planta baja. Como para los pibes el trap era habitual, no les llamó la atención. Pero cuando lo subieron a redes, a Homer Mero Mero sí. Lo vio y lo compartió. Mauro tenía 500 seguidores. Con el apoyo del rapero, el video llegó a tener 55 mil visitas. Y faltaba más.      

“Me dijo que me iba a mandar camarógrafos para grabar peleas como esa. Yo no tenía el dinero para pagarlo, ni conocía gente que hiciera ese tipo de trabajos. El día de la grabación pusimos buenos autos, motos, organizamos lindas peleas, un par de pibes bailaron break dance. Al fin del día sentí que podía ser un líder positivo para los pibes del barrio. Que me puedo convertir en ejemplo. Y que capaz había hecho cagadas por no descubrirlo antes. Los mismos nenes que me vieron llegar al barrio corriendo de la Policía y hacer mil cagadas más, ahora me veían distinto. Me respetaban más”.

Durante los días siguientes descubrió que en el barrio también había pibes que hacían free style, otros que cantaban, otros que bailaban, otros que querían generar contenido. En una palabra, se dio cuenta que existía una cultura barrial, y que la quería unir. Las peleas se bautizaron como “Santas peleas callejeras”. Organizó siete jornadas. Y va por más.   

Walter, el árbitro de las peleas, dice que ahora hay un montón de oportunidades gracias a las redes sociales. Su taller de Kick boxing tiene cada vez más alumnos a partir de la llegada de las Santas peleas. Varios son ex peleadores que se volvieron a entusiasmar. En las últimas semanas nació otro espacio boxístico, de la misma familia. Es en el club Berazategui. El profesor es vecino del Bueno, boxeador con licencia amateur. Los pibes también viven en el Complejo. Se motivaron con las peleas y se anotaron para entrenarse y estar mejor de cara a cada evento callejero. 

“Lo que les decimos a los pibes jóvenes es que hay un montón de oportunidades que te dan las redes”, afirma Walter. “Yo no digo que a mi edad hubiese sido abogado o médico por tener un teléfono celular. Pero podría haber lanzado mi línea de ropa, o hubiese pintado, o hasta podría ser artista o tener un canal de You Tube. La camada nueva tiene muchísimas más posibilidades de hacer cosas buenas. Nuestro proyecto se basa en eso: en decirles que no hagan las cagadas que hicimos en su momento, ofreciéndoles todas las oportunidades de las redes. Les podemos mostrar que hay otra opción. Y hoy te diría que tenemos al 99% del barrio controlado. Acá no hay más delincuencia”.    

Mauro piensa parecido. “Si seguíamos con berretines nos cagábamos la vida”, aclara. El berretín, en la jerga, significa una especie de orgullo. Una manera de actuar violentamente en todos los aspectos, por “el que dirán”. Y sigue: “A los pibes les digo que con un celular pueden cambiar su vida. Mostrando su realidad o lo que sepan hacer. Esto no solo puede ser la antesala a la práctica del boxeo en forma profesional. También puede lograr que los que dejaron el deporte, retomen. O que se motiven con los artistas que vienen a apoyarnos y hagan música, o que quieran grabar video clips. Las peleas son un encuentro de culturas: de arte y de deporte”.

En cada oportunidad en la que se hacen las Santas peleas callejeras, más de un centenar de vecinos se reúnen en Berazategui para seguirlas de cerca. Foto: Emmanuel Fernandez
En cada oportunidad en la que se hacen las Santas peleas callejeras, más de un centenar de vecinos se reúnen en Berazategui para seguirlas de cerca. Foto: Emmanuel Fernandez

Del gimnasio a la calle​

Matías Airala trajo a cuatro de sus alumnos. Su gimnasio queda en el centro de Berazategui y se llama Warrior Boot Camp. Dice que son todos debutantes. Más cerca de uno de los monoblocks que del ring improvisado cuenta por qué decidió participar del evento: “Nosotros entrenanos MMA y Kick Boxing. Ellos vinieron a practicar manos. Pero por sobre todas las cosas los traje por la experiencia. Para que rompan el miedo de la primera pelea: pelear mientras te miran, mientras te agitan y te gritan, a controlar el aire. Es una gran oportunidad para principiantes”.

Por último, describe las peleas. “Es imposible regular la presión del público que está a tu lado. Eso influye en el peleador: todos quieren ir hacia adelante por el que dirán. Se festeja al que más se la aguanta. Es muy difícil ser técnicos en una ambiente así. Por eso digo que para mí es una experiencia para soltar los miedos de la primera pelea con licencia, y para que confíen en ellos”.

Dylan Benítez (21) es competidor. Eso, hoy. Practica Kick Boxing desde 2014 y fue subcampeón Mundial y subcampeón sudamericano (organizado en Chile). Vive en Villa España, Berazategui, donde conoció el deporte gracias a un profesor de Taekwondo que abrió un gimnasio. “Si tenés técnica te hace pelear rápido”, escuchó Dylan, sobre el profe. Fue y lo comprobó: tres semanas después subió al ring por primera vez. Ganó.

De las Santas peleas callejeras se enteró por redes sociales. Se presentó, peleó cuatro veces y hasta se sumó a los entrenamientos dictados por “el Sapo”, otro vecino de El Bueno, en la sede del club Berazategui. “¿Si peleo a matar? No, claro que no. Peleo a marcar. Por ahí si me toca un semi profesional como hoy, nos damos fuerte. Pero no a matar. Si te ponés a pensar, acá no hay fallo. No gana nadie. Esto es para movernos un poco, para probar la resistencia en una época en la que por pandemia tuvimos que cortar todo. Y para contagiar a los más chicos. Quiero que los nenes se interesen por el mundo que conocí, que es el del deporte. Aspiren o no aspiren a ser campeones”, dice, con la camiseta negra de Berazategui, y apurado por ir a calentar para pelear una vez más. Su mamá, su hermana y su sobrina lo vinieron a alentar. 

SC

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