Sobre las posibilidades de la transgresión

admin

22/06/2021

Cada época tiene palabras “fetiche”, términos que se repiten, pasan de boca en boca hasta quedar incorporados al habla cotidiano. Pero ¿qué pasa cuando nos detenemos a reflexionar acerca de sus implicancias? ¿Qué efectos de extrañamiento se producen cuando lo que se nombra obliga a tomar distancia? En El placer de la transgresión de la filósofa eslovena Renata Salecl y editado en nuestro país por Ediciones Godot, lo que está en juego es, justamente, la palabra “transgresión” y sus posibilidades reales en las sociedades actuales. ¿Acaso es posible pensar en los límites, y su correspondiente desafío, cuando todo está a la vista, cuando todo es posible? Salecl no explicita la pregunta desde el principio, ni siquiera la menciona, aunque tenga sus razones, unas que irá desplegando en pequeñas dosis, como cápsulas, en cada uno de los capítulos y sus apartados correspondientes.

El placer de la transgresión de la eslovena Renata Salecl fue editado en nuestro país por Ediciones Godot. Foto: Andres D'Elia ciudad de buenos aires Renata Salecl entrevista a la filosofa
El placer de la transgresión de la eslovena Renata Salecl fue editado en nuestro país por Ediciones Godot. Foto: Andres D’Elia ciudad de buenos aires Renata Salecl entrevista a la filosofa

Así, el relato de la contemporaneidad, se tensa entre dos modelos opuestos, pero codependientes –el correspondiente al siglo pasado, con categorías obsoletas– y otro más relacionado con el presente que las replantea sin un horizonte específico. La transgresión aparece como el elástico, el hilo flexible, que permite pasar de un estadio a otro sin solución de continuidad. Los temas son muchos y variados, incluso cada capítulo de los 11 que componen el libro, aborda cuestiones tan diversas como inclasificables: psicoanálisis, fake news, redes sociales, nuevas tecnologías medicina en su variante genética, entre otras cuestiones, van mapeando un estado de situación tan dinámico como inestable.

Por eso, cuando al promediar la lectura, aparece el apartado referido específicamente a la transgresión, todo el desarrollo anterior y el posterior, se anuda en una lógica específica: la del placer que produce traspasar los límites para después espantarse por el acto cometido. El sentimiento, que Salecl asocia con la pulsión de muerte freudiana, se conecta con las formas de voyeurismo actual, las correspondientes al fisgoneo urbano, pero también con las cometidas a diario por medio de las pantallas. Siguiendo la hipótesis psicoanalítica, este comportamiento punible trae consigo su reverso: la culpa.

Estados contradictorios

La convivencia entre estos dos estados contradictorios, el de la euforia y la culpa, despliega un conjunto de situaciones que Salecl describe capítulo a capítulo. Mediante el relato de historias mínimas, algunas personales, otras locales, referidas ciudades y eventos concretos, al país o al mundo en general, la autora avanza haciendo equilibrio en este terreno incierto. Resulta paradigmática la capacidad que tienen las personas de elegir cómo vestirse, qué comer, qué auto manejar, dónde trabajar o vivir y hasta con quién o quiénes reproducirse, o no, y cómo esa capacidad lleva, al mismo tiempo, a la desazón.

Si esta hipótesis recuerda a los planteos de Freud en El malestar en la cultura, es porque se le parece mucho, solo que esta vez no hay enigma que descifrar. El texto psicoanalítico, escrito en las primeras décadas del siglo pasado, todavía se sorprendía por el desasosiego que habían traído los avances tecnológicos, pero ahora, y a casi cien años de su escritura, no hay revés de la trama.

En pleno siglo XXI, cuando todo está expuesto no hay engaño que develar. El gesto se parece mucho más al modo en el que el filósofo alemán Peter Sloterdijk define al cinismo moderno, reversionando la fórmula marxista: “No saben que lo hacen, pero lo hacen” por la de “saben que lo hacen, pero lo siguen haciendo”. Si la frase intentaba explicar la eficacia de la ideología que permanecía oculta bajo la fascinación fetichista de la mercancía –una forma que encubría los procesos de explotación humana que la habían producido– Sloterdijk advierte que en la vida actual las personas conocen perfectamente los procesos de explotación, las desigualdades sociales y todos los hilos detrás de la construcción de las certezas, pero que aun así siguen consumiendo y negando lo evidente.

Ahora bien, ¿qué es lo que efectivamente saben? ¿Qué es lo que efectivamente hacen? Sabe(mos), por ejemplo, que cada búsqueda que se hace en Internet o cada intercambio virtual con otros contribuye a la formación de perfiles cada vez más específicos de consumidores. Se está del lado del saber cuando se admite la confianza en los dispositivos tecnológicos para llevar a cabo casi cualquier tarea relacionada con la vida diaria: el trabajo, el estudio, el deporte, la comida y hasta las relaciones sociales. La paradoja, o su evidencia, aparecen en el espacio que queda entre la posible paranoia y el ofrecimiento voluntario de datos.

En un punto, Salecl admite que, si bien, todos nos presentamos como personas celosas de nuestra intimidad y de nuestras motivaciones, al momento de tomar decisiones relacionadas con el hacer, no dudamos en apelar a ese reservorio de datos previamente ofrecidos. Despojada de una mirada victimizante que condenaría a las sociedades a una paranoia persecutoria, insta a una posición alerta que no cierre los ojos ante las evidencias pero que tampoco invente falsas batallas allí donde el capitalismo se erige como el único aire posible. En definitiva, la transgresión se presenta como una mirada atenta, más lejos de la resignada pasividad del cinismo moderno y más cerca de un vitalismo que todavía no ha sido nombrado.

El placer de la transgresión
Renata Salecl
Ediciones Godot
​296 págs.

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