Tillie Olsen: lustrar cacerolas quemadas hasta que resplandezcan

admin

18/02/2021

Uno sabe siempre cuando está frente a un escritor. No importa cuántas críticas favorables lo precedan, cuánta fama, cuántas banderas reivindicatorias se hayan alzado en su nombre.

“Cuando estamos frente a un libro, lo sabemos”, dice Marguerite Duras. Y Capote dice –en su casi ya trillado de tan famoso– prólogo a su libro Música para camaleones, que se divertía escribiendo, hasta que: “Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aun: la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte”.

Es importante subrayar esto, porque de algún modo lo hemos olvidado. Tanta obsesión por “contar historias” (y leerlas), nos hizo olvidar la poesía.

Podemos decir tal vez que Tillie Olsen (1912-2007) escribe “muy bien”, aunque escribir “muy bien” no signifique gran cosa. Lo que sí podemos decir con total seguridad es que hace verdadero arte. Dime una adivinanza, su libro más famoso, que podría parecer casi banal por sus temáticas, resplandece porque coloca la poesía en el centro de la narración. Claro que uno reconoce los ecos: por ejemplo, los de Charlotte Perkins Gillmans, los de Katherine Anne Porter. O las afinidades: Grace Paley, por ejemplo.

Pero los cuentos de Olsen constituyen una experiencia única, demoledora y grandiosa. No es frecuente encontrarnos con un escritor que tenga tal fe en la humanidad. Olsen se ocupa de lustrar las cacerolas quemadas hasta darles un brillo tan deslumbrante como el de la plata.

La maternidad está en primer plano, sin dudas, como bien lo señala su amiga Jane Lazarre en el prólogo a esta nueva edición. La impotencia de las madres ante los errores de los hijos, la certeza de no poder protegerlos, la pobreza que impide poner freno a gran parte de sus sufrimientos. En “Aquí estoy, planchando”, el cuento que abre el libro, la protagonista habla sobre su hija Emily: “Yo era una madre joven, una madre descentrada. La sabiduría me llegó demasiado tarde. Pese a lo mucho que tiene dentro no conseguirá sacar más que una pequeña parte. Es hija de su época, de la depresión, la guerra y el miedo”.

Pero todos los protagonistas son, de una manera o de otra, hijos de su tiempo. Son solo cuatro historias: “¿Qué barco, marinero?” es el dulce descenso alcohólico de un marinero que perdió su camino hace rato. “Oh, si” es la tragedia de dos niñas separadas por la segregación racial. Todos pueden calificarse de extraordinarios. Pero leer “Dime una adivinanza”, el cuento que da nombre al libro, es de una ambigüedad tan absoluta que terminamos exhaustos, desconsolados y maravillados.

Un matrimonio que se odia, un hombre que cercenó los sueños literarios de su mujer, los hijos que quieren que los padres vivan una vida sin preocupaciones (“al menos, en la vejez, deberían ser felices”) y que están tan lejos de ver el abismo que separa a los sanos de los enfermos, a los jóvenes de los viejos. El mismo hombre con miedo, el mismo hombre viejo, el mismo hombre atado a su mujer para siempre.

¿Por qué algunas personas se rompen y se amargan ante las decepciones de la vida y otras logran seguir en pedazos para intentar encontrar un significado? Tal vez porque ponen en primer plano la transmisión. He ahí el corazón de la literatura, y también el de la protagonista del último cuento: “Que hemos salido de nuestro pasado salvaje y ya no somos salvajes, eso es lo que hay que enseñar. Mirar atrás y aprender qué es lo que humaniza a los hombres, eso hay que enseñar. Destruir los guetos que nos dividen –sin volver atrás, sin volver atrás– eso es lo que hay que enseñar.”

Tillie Olsen murió en 2007. Leerla hoy es más que incursionar en una experiencia estética: podría tener la relevancia de un compromiso.

Dime una adivinanza, Tillie Olsen. Trad. Blanca Gago. Las afueras, 184 págs.

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