Un lugar para el encuentro con Miguel Ocampo

admin

26/03/2021

Desde La Cumbre, Córdoba.

Un espacio habitable según la filosofía oriental es a la vez un intervalo, una abertura o pausa llena de energía que permite un estado contemplativo. Algo de eso tenía en mente Miguel Ocampo (1922-2015) cuando instaló su atelier en la casa de La Cumbre, Córdoba, donde vivía desde principios de los 80. Como buen arquitecto, ideó los ventanales que dejaban entrar los cerros a su mundo, un amplio balcón donde descansar y leer rodeado de vegetación, y una escalera que separaba su cuarto propio de la casa familiar.

Aquí encontró el artista porteño su lugar en el mundo después de oscilar por las capitales occidentales (Roma, París, Nueva York) trabajando para el servicio diplomático. Y aquí conoció a su mujer, Susy Withrington, que ahora a los 84 años, bañada por la primera luz de otoño en su jardín de invierno, mira a lo alto para traer el recuerdo vital del hombre que se levantaba, observaba el telón serrano y pintaba sin parar: “Pará, pará, que se me seca la pintura”, cuenta que escuchaba, con la sopa servida y la familia sentada. Nunca llegó puntual a la mesa.

Como si el lugar definiera el estilo, este paisaje de pastos como penachos duros y cortaderas saliéndose de las piedras, y sobre todo los árboles que en el invierno dejan al desnudo su estructura, se revelan como motivos recurrentes en Intuiciones, la muestra inaugurada a principios de este año junto al renovado Museo Miguel Ocampo en La Cumbre. Fundado en 2007 como “Sala Miguel Ocampo”, a modo de extensión del depósito de aquel atelier que no quería abandonar ni para comer, el espacio dedicado a la obra de Ocampo abre una nueva etapa, ahora como Museo, con la asesoría curatorial de María José Herrera.

Los árboles en invierno, que dejan ver su estructura, eran motivo recurrente en la obra de Ocampo.
Los árboles en invierno, que dejan ver su estructura, eran motivo recurrente en la obra de Ocampo.

“Más allá de la cuestión práctica del espacio, se trata de lo público, del trabajo de investigación del archivo y el valor del patrimonio que conserva”, apuntó Herrera, licenciada en Artes y varios años directora artística del Museo Nacional de Bellas Artes, al abrir una reunión reservada para la prensa de la que participaron autoridades provinciales y locales. “Como diplomático era un servidor público, y estas obras ya no quedarán para la contemplación íntima sino para la comunidad de La Cumbre, y para el país”, dijo.

Sobre una idea original de Laura Ocampo, hija mayor del artista –de su matrimonio con la escritora tucumana Elvira Orphée– y directora artística del Museo, y la curaduría de Herrera, Intuiciones enlaza obras de los años 60 con otras más actuales, entre los 80 y los 2000, en las que se trazan asombrosas similitudes, como hallazgos, de una cercanía formal y poética. Con obras inéditas, la muestra se podrá visitar en La Cumbre hasta la Semana Santa de 2022, año del centenario del nacimiento del artista, para recorrer después otros museos del país, comenzando por el Museo Emilio Caraffa. Su director, Jorge Torres, estuvo presente en el reducido evento, al igual que José Luis Lorenzo, de la Asociación de Amigos y coleccionista.

Las celebraciones coinciden, además, con la declaración de La Cumbre como “Poblado Histórico Nacional” por sus relevantes valores patrimoniales, según el decreto del 3 de febrero último. Este paraje, el punto más alto en el camino de la capital cordobesa a Cruz del Eje, con sus vistas privilegiadas cautivó a los pioneros ingleses que hicieron edificar considerables viviendas con arquitectura de firma. Es emblema de esta corriente “El Paraíso”, la última morada del escritor Manuel Mujica Laínez, concebida en la mismísima montaña por el célebre arquitecto francés León Dourge, responsable además de un racimo de edificaciones de la zona de Cruz Chica, todas de la década de 1920, inspiradas en el neocolonial español.

Fachada del edificio construido para ser el Museo Miguel Ocampo, con guiños minimalistas y jesuitas.
Fachada del edificio construido para ser el Museo Miguel Ocampo, con guiños minimalistas y jesuitas.

Su fundación fechada en 1585 ratifica el carácter histórico de este poblado que conserva las maneras que eligieron los hombres para habitar: de la arquitectura de estilo a las técnicas de los comechingones de construir con piedra, barro y paja un metro y medio bajo tierra, para sortear los fuertes vientos, en un temprano ejemplo de la arquitectura biodinámica. La historia está bien documentada en La Cumbre, cerca del cielo, del periodista Gustavo José Vittori, quien prepara la segunda edición ampliada del libro que publicó poco antes de la muerte de Ocampo y en su honor.

Un museo en la Punilla

Los que vieron salir y esconderse el sol en La Cumbre a repetición reconocen esta luz de otoño. Es nítida y en cantidades –como el aire que los médicos del siglo XX recomendaban a los pacientes con dificultades respiratorias–. El sistema de iluminación del Museo Miguel Ocampo, que permite percibir el momento del día desde el interior, es una de las claves de su construcción. Filtros de luz natural más luz artificial permiten crear climas ideales para la contemplación de la obra de Ocampo, que otorga al color un lugar central. Sebastián Martínez Villada, hijo de Susy y arquitecto como Ocampo, fue el responsable del proyecto de esta discreta y vanguardista edificación homenaje, preparada tanto para la exposición como para conciertos de cámara. “La luz de esta parte del mundo es especial, y aprovechamos sus bondades”, refiere el arquitecto y director ejecutivo del Museo Ocampo.

María José Herrera, asesora curatorial del Museo Miguel Ocampo y curadora de la muestra.
María José Herrera, asesora curatorial del Museo Miguel Ocampo y curadora de la muestra.

Inspirado en el Museo dedicado a Ernst Ludwig Kirchner, en Davos, Suiza, con la tecnología más avanzada disponible, también en las salas de depósito para preservación del archivo, el edificio cuenta con un estanque tomado del catálogo oriental minimalista –muy presente entre los intereses de Miguel Ocampo–, y una marca bien local. La experiencia de las familias de pirqueros y constructores hizo posible replicar en los muros exteriores un revestimiento en ladrillo y piedra en el estilo de las estancias jesuíticas de la zona que desde 1630 continúan en pie.

La planta en forma de trapecio, que de imperceptible desconcierta al visitante quizás por irreverente fue la idea más celebrada por Miguel Ocampo, que gustaba de los dulces como de quedarse a conversar con los espectadores en la sala. Comprendía esa dimensión estética que alguien, sin esperarlo, podía experimentar.

El lugar es el estilo

Su trabajo como arquitecto respondía a mandatos familiares. Si bien contaba a Victoria y Silvina Ocampo entre sus primas segundas, la vida dedicada al campo le estaba destinada. Allí pasó sus primeros años, y fue su madre, Mercedes Josefina Leloir, quien lo acompañó en este camino. Tomó clases con Vicente Puig y en su estudio conoció a Sarah Grilo y a José Antonio Fernández-Muro, entre otros.

A fines de la década del 40, como resultado de su primer viaje a Europa, Ocampo se volcó hacia la geometría. En Buenos Aires, a comienzos de los años cincuenta, empieza su período concreto. No es mucho lo que se conserva de aquella época en el museo: las obras se vendían con celeridad en la galería Bonino de Buenos Aires.

"Rojo invierno", 1965. Óleo sobre tela, 162 x 130 com.
“Rojo invierno”, 1965. Óleo sobre tela, 162 x 130 com.

El fructífero período de Ocampo en París entre 1961 y 1966, el de los paisajes abstractos que marcó al conjunto de su obra, recibe al visitante en la sala mayor del museo. “Rojo invierno” (1965), gran pintura exponente del expresionismo abstracto que practicó por entonces, se vincula con “Aire tibio” (1992) a través de la vibración de la vegetación arremolinada, más allá de las épocas. “Acá mis cuadros parecen estampillas”, replican los testigos las palabras de Miguel cuando la sala ya estaba en pie. El espacio (otra vez) desencadenó el estilo. El asunto de la escala lo llevó a emprender obras en gran formato, como el tríptico que gobierna uno de los muros laterales, esta vez con coincidencia cromática –ese azul tan especial– otra pieza de dimensiones más pequeñas de la década del 60.

Precisamente la intuición, esa capacidad de conocer en la que mínimamente interviene la razón, es la que interviene en la conexión de pinturas extemporáneas, dándole coherencia a su obra. “La referencia es la naturaleza, pero el resultado es esa construcción cultural y subjetiva que llamamos paisaje, el tamiz de la interioridad del artista que incluye la poesía en su expresión”, precisa María José Herrera en el texto curatorial.

La poesía, la memoria afectiva y emocional, sin embargo, no resuelven el enigma Ocampo, un artista también culto. “Hay una historia del arte que sustenta sus búsquedas e investigaciones, de las que salía siempre con una solución personal”, analizó Herrera durante la presentación, de la que participaron unas 30 personas, un número limitado por las medidas sanitarias. Entre ellas, Nora Bedano, ministra de Cultura provincial, así como el director de museos Guillermo Alonso, los artistas Fernando Alievi, muy amigo de Ocampo, y el escultor Hernán Dompé y la familia: Susy y su hija Solange Bendjeunian, también artista cumbrense.

Susy Withrington, viuda del artista, conversa con el coleccionista José Luis Lorenzo.
Susy Withrington, viuda del artista, conversa con el coleccionista José Luis Lorenzo.

El interés en el arte japonés que se desprende de su biblioteca personal, el color de Manet y una pulsión constructivista están en su caja de herramientas. Y la presencia de J.M.W. Turner, el favorito de Ocampo, se puede ver con nitidez en “Cuento de Invierno” (1963), donde la correspondencia es casi uno a uno con “The Morning After the Deluge” (La mañana después del Diluvio) del pintor inglés, por la presencia de ese hombrecito en medio de la vorágine de luz y color. La representación del paisaje, en clave más o menos abstracta, pero siempre evidente es otro de sus recursos recurrentes que hacen detener la mirada. Y aunque reconocible en las ramitas y las tramas y colores, el paisaje en la obra de Ocampo es en definitiva el paisaje interior. “En los 60 había una explosión de color del Informalismo en Francia y en la Argentina, y cuando se instala acá descubre eso en el paisaje”, analiza Herrera. “Pero es al revés: ve sus cuadros en el paisaje, y los revive con una gotas más de naturalismo y figuración”.

Miguel en el Limbo

Al regresar de Nueva York, ya en su refugio serrano, Ocampo quería recuperar el tiempo perdido. “No podía creer que por fin la vida era pintar, era su felicidad”, relata Susy Withrington, que conoció a Miguel por medio del mismísimo Manucho, que ofició de celestino. “El cuadro le iba diciendo lo que tenía que hacer”. Enseguida se corrige: en realidad no había contacto con la tela; “Miguel pintaba en el aire”. El suelo del atelier, casi sin tocar desde la muerte del artista, permanece con el salpicado multicolor fruto de su técnica tan personal: pintaba en horizontal, al estilo de Jackson Pollock, que hacía tan performática su obra. Ese golpeteo metódico de un pincel empapado de pintura contra un palo para liberar los pigmentos, alguna vez había sido el recurso escolar del estarcido con peine y cepillo de dientes, hace que en lugar de que el color se mezcle químicamente lo haga por un efecto óptico. Nunca usó ese aerógrafo para pintar, solo para mojar la tela.

Pinceles de distintos tamaños ordenados sobre una mesa con ruedas conviven con obsoletos reproductores de música, de CDs y sobre todo de casetes, que abundan en cajones y estantes. Un retrato de El grupo de los cinco (que formó junto a Clorindo Testa, Sarah Grilo, José Antonio Fernández-Muro y Kazuya Sakai) corona el dintel de una puerta, que compone una escena reveladora junto a un banderín de Boca Jrs. y un plumero.

Este espacio, físico pero también intervalo temporal, al que se accede por una escalera en cuyas paredes cuelga una interesante colección de arte “de los amigos”, fue concebido para la contemplación. Por un lado, un gran ventanal que ya no permite ver el cerro por la crecida vegetación y un balcón que imaginó en las tardes calurosas de Nueva York pero aquí casi no usó (“El clima es tan distinto…”). Adentro, casi en la entrada, un banco de plaza encontró su función específica: observar desde allí las pinturas terminadas, primero bajo unos tubos de neón (como primera prueba de calidad) y bajo unas lámparas de luz cálida después, que recreaban la instancia de galería: Ocampo tenía suma curiosidad por el lugar del espectador.

“Aire tibio” (1992), acrílico sobre tela, 40 x 50 cm.
“Aire tibio” (1992), acrílico sobre tela, 40 x 50 cm.

Entre las distintas ampliaciones que el atelier tuvo para atesorar las telas a medida que las pintaba, el último fue bautizado por la familia El Limbo. “Cuando nadie sabía donde estaba, decíamos: debe estar en el limbo”, recuerda Susy. Lo construyó todo en blanco, con luz natural cenital, tableros de arquitecto y un negatoscopio para ver en detalle. El último reducto fue también el más minimalista.

Los que lo conocieron aseguran que fue su temperamento –reticente al sistema del arte– el que llevó a Ocampo a conservar la mayoría de sus obras (unas 2.300 piezas entre pinturas y dibujos, además de los documentos). Un gesto que marcó el camino para ahora exhibir este cuerpo de obra extenso en un solo lugar. En el jardín del museo, un costado del sendero que va de la calle al edificio, una silla oxidada se confunde con el follaje de la flora entre alpina y nativa: allí están esparcidas las cenizas de Miguel Ocampo. Es la puerta de entrada a la vida y obra de este artista argentino un poco desconocido todavía, que al abrir las puertas de su casa se ofrece como espacio de encuentro para la comunidad, en una pulsión vital que ilumina.

Miguel Ocampo. Intuiciones.
​Lugar:
Museo Miguel Ocampo, José Hernández 630, La Cumbre, Córdoba.
Fecha: hasta abril de 2022.
Horario: viernes a domingos, 11 a 13.30 y 18 a 20.30.
Entrada: $300.

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