Una curiosa forma de dar vida

admin

04/09/2021

Hacía ya muchos años que Ayano Tsukimi había dejado su aldea natal para vivir en Osaka cuando, en el año 2000, debió volver para cuidar a su padre. El seguía allí, en Nagoro, pequeño poblado perdido entre las montañas del valle de Iya, en la isla japonesa de Shikoku.

El lugar estaba tal como lo recordaba, igual de pintoresco, con su bosque y su río y un camino lleno de curvas y árboles amarillos, rojos y verdes dándole acceso. Sólo una cosa había cambiado, y los 50 años de Ayano acusaron el impacto. El pueblo se había convertido casi en un pueblo fantasma. Sus habitantes habían emigrado en busca de mejores oportunidades en un entorno menos rural y más urbano.

Se propuso darle vida al lugar a través de la agricultura, pero las semillas que plantó no crecían. Mientras esperaba el milagro, empezó a fabricar muñecos de grandes dimensiones, hechos de palos de madera forrados con papel de diario y pelo de lana, imaginándolos como espantapájaros.

Uno lo hizo a imagen y semejanza de su padre, y lo colocó a la entrada de la vivienda. Un día un vecino pasó y lo saludó. Ahí tuvo la idea. La forma de revitalizar Nagoro era fabricar muñecos y más muñecos, recreando las facciones de quienes habían vivido allí alguna vez, y vistiéndolos con sus ropas.

Hay así alumnos en la escuela que cerró definitivamente en 2012, hombres y mujeres pescando en el río, en las puertas de las casas, tomando una siesta sobre el pasto, custodiando el puente. Con el tiempo, Ayano empezó a inventar fisonomías.

Hoy habitan en Nagoro 29 personas y 350 muñecos, y llegan a la aldea visitantes atraídos por una población tan original como insólita. La mujer responsable de su creación no piensa mudarse. Está feliz en un mundo inanimado al que la magia de sus manos insufla algo parecido a la vida.

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