Una ex modelo de 82 años desafía a Gildo Insfrán y reparte comida entre los wichis de Formosa

admin

28/03/2021

Ni las férreas restricciones que impuso el gobierno de Gildo Insfrán a los formoseños y visitantes ni las fuertes tormentas pueden frenar a Naty Petrosino. Contra todos los obstáculos, ya sea humanos o naturales, la mujer de 82 años y su grupo de voluntarios siguen asistiendo, como desde hace más de tres décadas, a la comunidad wichi de El Divisadero, en el oeste provincial.

En su último viaje, a fines de noviembre, habían padecido el hostigamiento de la policía que escoltó a su camión cargado de mercaderías hasta el pueblo, donde su misión levantó un barrio en pleno monte. Celosamente, vigilaron que no abandonaran el lugar durante varios días, para cumplir con el aislamiento exigido, bajo la advertencia de que serían procesados ante la justicia.

En esos días de tensión, los pobladores, “mi gente”, como los llama, la arroparon y protegieron. “Siempre ha habido atropellos a los derechos humanos, pero nunca de este grado. Es espantoso” dijo entonces Naty que nació como Inocencia Rosa Hollman, en la casa de campo de sus abuelos, alemanes del Volga, cerca de Villa Iris, en el oeste bonaerense, en junio de 1938.

La activista bahiense, Natty Petrosino, en una de sus visitas a la comunidad Wichi en Formosa.
La activista bahiense, Natty Petrosino, en una de sus visitas a la comunidad Wichi en Formosa.

En su próspera juventud, ya en Bahía Blanca, fue modelo y actriz. Casada con el dueño de una de las principales disquerías de la ciudad, vivía en el barrio residencial Palihue, símbolo por entonces de la alta sociedad bahiense. “Me dormí en la comodidad y en la belleza física”, diría luego sobre aquella época en la que impactaba por sus ojos claros y cabellera rojiza.

A los 29 años, un tumor en un oído la llevó a tratarse a Buenos Aires y a atravesar, según los médicos, un estado de muerte clínica. Para ella, ese momento actuó como una profunda revelación que le haría cambiar el destino de su vida. Al regresar a Bahía Blanca, dejó atrás los lujos cotidianos de chofer, mucama y cocinera, para, después de superar una profunda depresión, entregarse completa a los hambrientos, enfermos y ancianos.

La activista Natty Petrosino, de 82 años, en un descanso durante el largo viaje.
La activista Natty Petrosino, de 82 años, en un descanso durante el largo viaje.

“Como dice San Pablo, todo lo que tenía antes lo tengo como pérdida” cita para no profundizar en su pasado, del que rescata a su marido Vicente, sus cuatro hijos y nietos. “Aquella persona que era, no regresó más” acota para evitar escarbar en los recuerdos. Solo sabe que desde vivió aquel suceso extraordinario, su presente y futuro, están enfocados en el otro.

Diez días atrás y sin la certeza de poder reingresar a Formosa, Naty inició otro largo periplo de más de 2.000 kilómetros. “No tengo miedo. Sí me preocupa que no pueda entrar, pero ¡pobres de los que nos frenen!” advirtió antes de la partida, el miércoles 17, bien temprano, desde Nicolás Levalle, su refugio de descanso y recuperación de fuerzas en Villarino, al sur bonaerense.

Allí recibe las múltiples donaciones de empresas y personas que nunca dejan de colaborar, muchas de manera anónima, con su tarea solidaria. Así se repite desde que, en los 80, se hizo cargo del Hogar del Peregrino en Bahía Blanca. En las hiperinflaciones del 89 y 91, alimentó allí diariamente a seis mil personas, que formaban largas colas, a la espera de un plato de comida en su ciudad.

Además de ayudar a la comunidad huarpe en Cuyo y otras originarias en Salta, Jujuy, Chaco y Corrientes, en la década del 90, inició su vínculo con los wichi de Formosa. Fue luego de conocer en Buenos Aires a las hermanas Ángela y Mirna, donde las tres habían ido a recibir un premio por su labor humanitaria. Las religiosas asistían a la población originaria en El Divisadero, desde Ingeniero Juárez, a unos 60 kilómetros, en el oeste formoseño.

“Me contaron de las necesidades de los aborígenes y los criollos y que les gustaría que conociera el lugar. Ahí fui y supe enseguida que Formosa es de la majada del Señor”, recuerda Naty aquel primer contacto con la que llama su comunidad. Al segundo viaje, desembarcó con 14.000 kilos de mercadería y en 1997, inauguró un barrio con casas de materiales, baños y una capilla.

Salvo algunas pausas por razones de salud, nunca dejó de viajar varias veces por año. Ella misma ha conducido en numerosas ocasiones el transporte con las donaciones que cruza el país.  Ahora lo acompaña al volante de una camioneta donada por Frank, Tom, Susan y su grupo que la apoyan desde Europa. En 2006, en Italia, fue elegida la mujer del año por su labor humanitaria y ciudadana ilustre en Bahía Blanca. 

“Siempre trato de seguir yendo a Formosa para cobijar y amar a esos niños, a esas madres, a esa gente. Porque los empujan y los tienen en la ignorancia. Quieren que desaparezcan, porque así no gastan tanto dinero en alguien que no les produce” reflexiona Naty sobre la situación social que se vive en la provincia.  

Esta última vez, la llegada se demoró más de lo previsto. La pesada carga de medicamentos, comestibles, golosinas, ropa y materiales de construcción que partió del sur, obligó al transporte a avanzar a velocidad moderada por las rutas del norte. A lo largo de casi todo el trayecto, dominó la incertidumbre porque la comunicación con las autoridades de Formosa era nula.

“Ellos saben que vamos, pero no dan ninguna señal. Nadie nos contesta, hay un silencio terrible” contaba Naty a Clarín a medida que se aproximaban a la provincia. El plan B, de todos modos, estaba preparado. “Si no nos dejan pasar, descargamos todo en el límite y nos quedamos a la intemperie a esperar que nuestra gente venga a buscar las cosas”, advertía.

Al llegar el sábado 20 a Salta, la recibió un fuerte temporal. No obstante que el aguacero la iba a retener en la localidad de Embarcación durante todo el fin de semana y más, también le llevaría una buena nueva. La justicia había ordenado al gobierno formoseño que liberara la circulación de las personas, con PCR negativo, eximiéndolas del aislamiento obligatorio.

Esa decisión cambió el escenario y los canales de comunicación se abrieron. “Nos trataron perfecto y dijeron que vamos a poder entrar”, comentó el lunes 22 con entusiasmo Zulema, una de las colaboradoras de Naty, luego del primer contacto con la policía y la Gendarmería, tras el aval judicial. Un obstáculo, el más temido, había quedado atrás.

La espera para cruzar el límite se extendió igual hasta el miércoles 24, porque las lluvias siguieron y dejaron intransitable el camino que desde la ruta 81 conduce a El Divisadero. Después de repetir el hisopado en Juárez y con el sol de testigo, fueron recibidas en el pueblo con los brazos abiertos. “Fue maravilloso, increíble”, contó Naty, exhausta, desde el monte.

En primera fila, junto al cacique Roque, estaban Elbio, Jacinto y Guillermo, aquellos chicos que encontró cuando llegó por primera vez y hoy son los líderes de la comunidad. “Están muy felices. Saben que si tienen que pelear por todo lo que logramos, ellos lo hacen. Pero, queremos que todo sea en paz y lograr las cosas que hay que lograr, cuando uno tiene razón y no guerreando”, destacó la madrina de la comunidad sobre el regreso sin trabas a la provincia.

Después de la bienvenida, comenzó la descarga, tarea en la que se anotaron desde los grandes a los chicos. Ahí estaba Charito, uno de los más cercanos a Naty, que tiene un hijo de 15 años y ya es abuelo de una nena de 2. “Aquí, todos trabajan a la par de los demás y eso es muy lindo y sano, porque los dignifica” destaca sobre uno de los objetivos de su misión humanitaria Obreros de Jesús. 

Al otro día, temprano, ya se escuchaban los golpeteos de martillos en una de las cabañas que aguardaba por los tirantes de madera para avanzar. Este fin de semana, tras los 3 días de espera que les exige el gobierno, comenzaban a arribar desde otras comunidades para llevarse su parte de la mercadería. Con una nueva llegada de Naty, el corazón del monte formoseño vuelve a latir.

GS

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