Una máquina del tiempo llamada Piglia

admin

14/05/2021

Alguna vez, Alberto Díaz, editor y amigo de Juan José Saer y de Ricardo Piglia, comentó que a la hora de reeditar viejos textos los dos escritores tenían conductas opuestas. Saer se desentendía por completo de la posibilidad de hacer cambios y publicaba el libro tal como estaba. Piglia, en cambio, no cesaba de corregir y demoraba la versión final.

Basta asomarse al índice de estos Cuentos completos para encontrar una serie de cambios con respecto a las primeras ediciones. La invasión, por ejemplo, que tenía una decena de cuentos en 1967, creció hasta ser un libro de casi 200 páginas. También hay cambios de género: el prólogo que Piglia escribió para la versión en historieta de La ciudad ausente se convirtió en un cuento: “La moneda griega”. Otros textos cambiaron de libro, de año, o de forma: “Encuentro en Saint-Nazaire” aquí aparece en Prisión perpetua, cuando en realidad fue escrito mucho después. Si hay una “figura en el tapiz” bajo este incesante trabajo, es la idea de que se puede cambiar lo ya escrito, lo ya vivido. Aunque Piglia habló una y otra vez de la literatura del futuro, la verdadera obsesión de su obra es el pasado. Como decía de sus diarios: “Mis cuadernos son la máquina del tiempo”.

Al leer en orden los relatos observamos un comienzo de cuentista clásico. En ese momento están presentes las dos lecciones sobre el cuento que dio la literatura norteamericana. La primera, la de Poe, declara en voz alta que se debe construir el cuento con la mirada fija en el efecto final. La segunda, la de Hemingway, es un susurro: lo importante es lo que no se narra. Piglia siguió en sus inicios ese doble mandato, pero luego buscó formas nuevas de contar.

En La ciudad ausente (una novela donde los relatos ocupan un lugar central) la misma acción de inventar cuentos se convierte en tema de la obra. Encerrada en un museo, la máquina de Macedonio Fernández produce ficciones y las hace circular por la ciudad. Piglia encontró dos modos de transformar el cuento: la proliferación de fragmentos, bajo la apariencia de anotaciones sueltas, y la inclusión de textos autobiográficos (o presumiblemente autobiográficos).

En esta clase de textos el final pierde la importancia que tiene en el cuento clásico, porque el propósito es alcanzar un destello, una iluminación (a veces de carácter intelectual) que no necesariamente está al final.

Este modo de escritura alcanza su esplendor en el último tramo del libro, “Historias personales”, antes recogidas en Los diarios de Emilio Renzi. Infieles al título de Cuentos completos (nada tienen de cuentos), son en realidad monólogos alucinados donde el pasado y el presente se confunden.

Si en sus libros anteriores la aparición de lo autobiográfico había sido una estrategia mesurada (como en Prisión perpetua) aquí todo estalla y se mezclan las historias familiares, los itinerarios de la amistad, una clase sobre Onetti en el segundo piso de la Facultad de Filosofía y Letras, las experiencias de Princeton, donde enseñó largos años, comentarios en torno a la película Pulp Fiction.

Estas “Historias personales”, que no existen en sí como libro autónomo, se convierten en una pieza fundamental de la obra de Piglia. Escritas (o pasadas en limpio) al final de su vida, no dejan que el autor se guarde nada. Habla, por ejemplo, del tema más difícil de su vida literaria, las consecuencias de la entrega del premio Planeta a Plata quemada en 1998. “Me siento una mezcla de Dreyfus y Ruggierito, soy el Bairoleto de la cultura argentina, perseguido por la partida”. Tiene ganas de irse del país para siempre, lo que llama “el síndrome Puig”.

Frente a sus estrategias anteriores, siempre cautelosas (Piglia solía revisar las entrevistas que se le hacían, antes de que fueran publicadas) en este último tramo de su vida quiere decirlo todo. “Yo siempre trabajo con historias familiares”, me dijo una vez. “Mi madre leía Respiración artificial caminando de un lado a otro”. Las historias familiares se convierten en su propia historia. Al fin y al cabo, uno es miembro de su propia familia.

Pero tal vez este impulso autobiográfico (inseparable del impulso de ajustar cuentas) estuvo como programa desde el principio. De todos los cuentos que integran este volumen de más de ochocientas páginas, el primero en aparecer impreso en libro fue “Mi amigo”, uno de los relatos premiados en el II concurso de la revista El escarabajo de oro en 1964.

El concurso dio origen a un volumen donde se recogían los textos ganadores (entre los premiados, además de Piglia, estaban Miguel Briante, Octavio Getino, Germán Rozenmacher). En ese entonces Piglia estudiaba la carrera de Historia en la Universidad de La Plata y era secretario de redacción de la revista Liberación, de orientación maoísta. Decía de sí mismo: “En Arlt, en Hemingway, acaso en Pavese, sospeché que vivir es, también, un modo de contar lo que se vive”. Tenía sólo veintitrés, pero ya en este vivir/contar anunciaba la clase de textos que escribiría mucho después.

El alemán Gottfried Benn, un autor que Piglia citó a su manera en las “Notas sobre Macedonio en un Diario” (Formas breves), se hacía una pregunta que vale para Piglia: “¿Debe renegarse de las propias obras juveniles, retocarlas, adecuarlas a una nueva organización interna (suponiendo que se la tenga)? ¿Debe uno transformarse en una vieja gacela si se fue un joven chacal?”.

Piglia respondió a esa pregunta una y otra vez, adecuando la forma de sus viejos escritos a sus nuevas ideas y dibujando siempre esa “nueva organización interna”, cercana a la “figura en el tapiz” que proponía la nouvelle de Henry James. Estos Cuentos completos son un monumento a esos cambios constantes. Uno tiene la impresión de que en la noche las letras del libro pueden mudarse de página.

En este volumen encontramos una cantidad de relatos que han sido profusamente leídos, comentados, citados, y que han hecho su propio recorrido fuera de los libros que los albergan, como ocurre con “El Laucha Benítez cantaba boleros”, “Las actas del juicio”, “La loca y el relato del crimen” o “La isla de Finnegan”. Los cuentos que integran Los casos del comisario Croce, en cambio, tienen olor a libro recién impreso.

En sus páginas Piglia retoma al investigador de su novela Blanco nocturno. Hay una nostalgia por una especie de inocencia narrativa: quieren ser cuentos policiales a secas, con un leve enigma y su rápida revelación, pero a menudo están atravesados por asuntos históricos y literarios. En uno de los cuentos, “La conferencia”, Croce se encuentra con Borges y discuten sobre el género policial.

Así como en Nombre falso Piglia había jugado a escribir un cuento de Arlt, aquí juega a escribir una conferencia de Borges sobre el policial. El comisario se duerme mientras Borges habla, pero al escuchar su nombre (en realidad Borges menciona a Benedetto Croce) se despierta. Podemos decir que siempre funciona así la literatura: nos despertamos cuando algo nos nombra. De ti, lector, habla la fábula, como decía un verso de Horacio.

A medida que uno avanza en la lectura de estos Cuentos completos se infiltra, tenaz, la tristeza por ese último tramo de la vida del escritor. La crítica, escribió Piglia, es una forma de la autobiografía. Pero también la ficción lo es, y en estos cuentos leemos su vida. Pero esa tristeza está en el lector, no en los textos últimos, que nunca dejan de lado la lucidez ni el humor. En una nota al final de Los casos… Piglia repasa sus instrumentos de escritura a lo largo del tiempo: el lápiz, la Olivetti Lettera 22, la Macintosh, hasta el sistema capaz de leer los movimientos del ojo.

Nos cuenta: “Compuse este libro usando el Tobii, un hardware que permite escribir con la mirada. En realidad parece una máquina telépata”. Guillermo Schavelzon, agente y amigo, explica en la nota que cierra el volumen que el mismo Piglia preparó la edición de sus Cuentos completos, con ayuda de su esposa, Beba Eguía, y de su asistente Luisa Fernández. Como recuerda Schavelzon, al plan de publicaciones (que incluía varios de los libros que han ido apareciendo) Piglia lo llamaba “instrucciones para el futuro”.

Pocos escritores han dejado una metáfora o representación tan clara de su propia escritura como hizo Piglia con la máquina de Macedonio. Encuentro en una carpeta con viejos papeles un boceto que escribió para una hipotética versión cinematográfica de La ciudad ausente. “Quizás en esta adaptación la máquina no está inmóvil, sino que es como una especie de animal de vidrio que cruza velozmente y se esconde y a veces se detiene interminablemente frente a una ventana que da a la ciudad”.

Fue al final de su vida, ya condenado a la inmovilidad, cuando la máquina de Piglia fue más ágil, más móvil en su deseo de escribir y mezclar experiencia, teoría e imaginación. Un animal de vidrio (chacal y gacela a la vez) que se asoma a la ventana.

Cuentos completos, Ricardo Piglia. Anagrama, 832 págs.

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