¿Vamos a desnudarnos? Lo que nos pasa en la primera sesión de sexo tántrico

admin

27/03/2021

La gente espiritual se comporta como la gente alta: mantiene una distancia que nada tiene que ver con la pandemia. Son tiempos anti intelectuales donde pensar, en general, no está bien visto. Molesta la cámara lenta de las ideas. Preferible los discursos. En yoga, por ejemplo, piden relajar la mente. Aquí y ahora. El pasado no existe y el futuro, según la sonrisa forzada de ciertas filosofías de vida, puede ser un piano cayendo sobre nuestras cabezas. Tenemos que manejar “la energía”. Pelear contra la fuerza del yo (aunque cuando digas “yo” ya seas otro).

Piden que nos sacudamos el ego. Que la conciencia sólo esté en la respiración. Existe una especie de estética alrededor de la “voluntad”. Estamos hablando de algo que proviene de culturas lejanas y siempre milenarias. Recetas que llegan a Occidente buscando una gestión emocional que debe emanar de lugares exóticos, ajenos al reflejo de la mente. Como si de pronto un bolero de Raval (Estela) dejara de cantarle al corazón y se ocuparse de otros órganos. “Arráncame la vida de un tirón/que el hígado ya te lo he dado…”

Respiramos sin querer, sin pensarlo. Hasta durmiendo respiramos. Pero Valeria –Valeria Collado, la profe de tantra, ¿se dirá profe?- pide otra cosa. Quiere que hagamos algo más con el aire. Que nos lo apropiemos. Ese parece ser el clímax. La respiración, entonces, de este lado, adquiere una neurosis hiperventilante.

Valeria Collado: "La energía sexual masculina fluye desde los genitales hacia el corazón".
Valeria Collado: “La energía sexual masculina fluye desde los genitales hacia el corazón”.

Nos mareamos después de la enésima inhalación. Y además, Valeria, disculpame, no queremos exhalar. O no tanto. Nos da vergüenza andar sacando esa cantidad de aire para afuera. Pero la instructora percibe la resistencia. “Exhalá, exhalá…”  Lo dice suponiendo que será un hálito agradable y no los gases tóxicos de un dragón herido.

Y aquí estamos escribiendo un rato después de la sesión de tantra. Dos horas guiadas en un caserón de Palermo con jardines babilónicos de fondo y piscina prematuramente cubierta por hojas de otoño.

Es la primera vez y nos dicen que vayamos cómodos. Convenientemente, en pareja. En vista de que el flower power no funcionó, y eso fue hace rato, probamos algo nuevo para mitigar viejas ansiedades.

“¿Vamos a desnudarnos?”

Nos traen agua y la mujer que nos acompaña, la persona que ella es ahora, nuestra compañera, se comporta apaisada y en colores.

O sea, uno está escuchando la historia del tantra, algo que se remonta al paleolítico, mil millones de años atrás, pensando: ¡Qué tarde hemos llegado a esto! Sentados como en un pupitre escuchamos, el culo sobre la colchoneta, la profe al frente, todos descalzos y ella recostada sobre nuestro cruce de piernas pasando el dedo índice por la rodilla de uno, haciendo círculos pacíficos, redondeces que van y vienen, mostrándose libre y abandonada a sus antojos, a su cuerpo siempre entretenido con algo. Hoy: sesión de sexo tántrico.

“Necesitamos comprender cómo fluye nuestra energía sexual y entender que es diferente en hombres y en mujeres -cuenta Valeria-. La forma en que fluye la energía sexual femenina es del corazón. Y desde allí va hacia la vagina. Es una excitación suave, femenina, receptiva. La energía sexual masculina fluye desde el centro, desde los genitales hacia el corazón. Para una mujer es muy importante que sus senos y su corazón se activen. Luego sus genitales se abrirán naturalmente”.

Habrá algunas advertencias. “Estamos condicionados por la pornografía. Sobreestimulados por tanta información. Eso nos anestesia la sensación. Entonces te propongo que respires en tus genitales, respires en la pelvis. Experimenta lo que está pasando ahí. Estamos muy ocupados en nuestra cabeza y nos desconectamos del vientre”.

Para que se entienda, pone el supuesto caso del que vive en el campo con mala señal de internet. Esa limpieza pide. Después, que hay una creencia de que el tantra es “sólo una energía sexual” y dice que eso es culpa de las “figuritas” orientales que consumimos por ahí.

Habían pedido que llevemos ropa cómoda y un mat, esas alfombras mágicas que usamos en las clases de yoga. Valeria nos habla del perineo, “suelo pélvico”, dice, ese punto que está entre los genitales y el ano. En un rato nos va a pedir que lo movamos. Al perineo (periné, perineum).

Nos saldrá un ritmo medio tribal frente a la compañera. Una ¿danza? inadecuada, grosera. Estrujando el perineo vamos para atrás, para adelante, para atrás… Sentimos la incomodidad, sin embargo “estamos moviendo la energía para conectar el corazón con el sexo”. 

Seguimos: inhalar, exhalar, mirarse a los ojos, sostener la mirada, que el cuerpo vibre.

Tantra es una antigua vía espiritual a lo divino, a la unión completa que une sexo, amor y consciencia, donde el placer puede ser el camino a la profundidad de tu ser. Puede ser tu camino hacia lo divino en vos. En primer lugar sentate frente a frente con tu pareja y dejá que las almas se vean mirándose a los ojos. Quedándote ahí un rato….”

Música de fondo. ¿Suena Advice for the Young at Heart, de Tears for Fears? Como sea, no resultará de lo más adecuada, según nuestra compañera, Dj para más información.

Luchamos contra la mirada del otro: que ahora tratemos de “soltar la boca” en una expresión de niño asombrado. Aflojarla. Más. Más. Más. Un rostro vertical para uno que tiene mandíbula de metal eléctrico y duerme con placa de descanso desde hace un año. ¡¿Cómo se hace eso?!

Valeria, la profesora, se define como una mujer caminante y buscadora de experiencias. Alguien capaz de “compartir, facilitar”. Coordina talleres hace más de 15 años. Terapeuta, docente de “Respiración ovárica y alquimia femenina”, maestra de Tantra y psicología transpersonal. Licenciada en Fonoaudiología.

El tantra, a diferencia de otras vías espirituales que tampoco son religiones, no excluye el cuerpo.
El tantra, a diferencia de otras vías espirituales que tampoco son religiones, no excluye el cuerpo.

Un lunes cualquiera, a las dos, tres de la tarde, vestidos de tobillos a cabeza, pensamos en el perineo como nunca antes y compartimos el papel preponderante del oxígeno con nuestra compañera ubicada a un centímetro de aliento.

Sentados. Conexión es mirada, mirada es respirar, respirar es tocarse las manos. Algo sucede en ese momento. Aparecen lágrimas que sonrojan entre iconografías y simbolismos de la India. Debe ser el puto poder de la mente indiscreta. ¡Otra vez! ¡Qué espanto! Como si el cuerpo estuviera de más. Como si fuera una bolsa de biología repleta de miembros acovachados. Relajemos. Dale, tranqui, mi amor. Relajarse es dejar que unas lágrimas caigan a través de ese arte de tapa conocido como mejillas.

Producimos los suspiros de una nueva derrota. Las cervicales nos saludan. “¡Holis…!” Podríamos dibujar la molestia. Escribir un tratado.

No hay excitación posible en la primera sesión de tantra. No hay desnudo. Te calentás menos que con un póster de otra Valeria (la Mazza). El mundo se nos viene a pique. Sólo quedan ideas, futuros que se te ocurren perdidos, hilos que son manejados por alguien.

Se nos está impedido el confort. Decimos “gracias” porque sí, porque somos agradecidos por naturaleza. ¿Pero para qué? ¿Qué respuesta estaremos necesitando?

Sobre el final, Valeria –su voz ya parece no provenir de un ser viviente- pide que conectemos las frentes. Y que nos miremos sin despegar la parte delantera de la cabeza. Ligero estrabismo y, sin embargo, ningún otro lugar más seguro en el mundo. Gracias profe.

De tan cerca cruzamos pupilas, corneas, membranas. Y un Calamaro: ¿Quién está preparado para ser un chico abandonado? ¿Quién tiene el blanco del camino en el ojo marcado?

WD

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