Vuelta a clases: no todas son buenas noticias

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23/03/2021

Hay una dimensión mayor, digamos estadística, que ofrece una realidad esperanzadora. Los números en la Ciudad muestran que hasta el 17 de marzo, a un mes del comienzo de clases, sobre el total de 700.518 personas en escuelas se detectaron apenas 1.215 casos positivos de Covid, es decir bastante menos del 1%. Y hay otro número alentador: sólo resultó necesario aislar preventivamente 494 burbujas, el 1,09% del total de más de 45 mil.

Este balance, aunque parcial, alentó al gobierno de la Ciudad a repensar la exigencia de los protocolos. Y está bien que lo hiciera. Y que lo hiciera rápido. A partir de abril, entonces, las escuelas de la Ciudad ya no exigirán el ingreso con horarios escalonados y permitirán las aperturas de quioscos y buffets. También prevé, más adelante, abrir las cocinas para que los alumnos puedan llevar sus viandas y almorzar, lo que habilitaría a esas escuelas a extenderse a la doble jornada.

Otra vez, bienvenidos todos los pasos que sean en dirección a recuperar la mayor normalidad lo más rápido posible.

Hay otra dimensión, más micro, apoyada en la experiencia y observación pero compartida por decenas de miles que dibuja un horizonte diferente: en Provincia, con los protocolos tal cual están ejecutados hasta ahora, la continuidad y sobre todo la fluidez de las clases puede convertirse en muy difícil de sostener en el futuro cercano. O para decirlo más directamente, en insostenible.

¿Si, como pasó, un simple síntoma en un estudiante (unas líneas de fiebre, tos o malestar) activa el protocolo y se suspenden las clases hasta tener el resultado del test (al día siguiente), cómo no pensar que en una burbuja de 15 alumnos esa dinámica derivará en una secuencia constante y dañina de interrupción y vuelta a empezar?

¿Si el síntoma en un docente se considera caso sospechoso y también obliga a cancelar las clases, cómo no imaginar que la normalidad será imposible?

¿Si se activa el mismo protocolo con alumnos de 5 y 6 años que con adolescentes, cuando se sabe que los riesgos son diferentes, cómo no sospechar que no puede salir bien?

Así, la posibilidad latente de activar el protocolo en cualquier momento (un alerta en horas de la noche, por ejemplo) genera que el dictado de clases sea siempre una realidad en suspenso, y todo indica que el avance del otoño y el frío conviertan a esa dinámica en una nueva pesadilla.

Pareciera minimizarlo otra vez el ministro Nicolás Trotta, que se apuró en desmentir cualquier cambio. “Hasta el momento no se han planteado modificaciones a los protocolos”, dijo. Y anticipó, como quien comenta la actualidad sin ser responsable de modificarla: “Con la llegada del invierno la situación en las aulas se va a complejizar porque muchas veces los chicos que tengan fiebre activarán los protocolos”.

Trotta descubre lo obvio.

Está claro que la cantidad de distritos y escuelas ofrece una diversidad difícil de encajar en una foto común. Pero no está muy equivocado quien piensa que hoy cada colegio define su propia realidad, con la voluntad de sus directivos, profesores y maestros como la variable decisiva.

Que es lo mismo que decir que los que tienen menos recursos vuelven a perder.

La tarea será evitar que lo que hoy es incertidumbre en dos meses se convierta en un caos. Y vuelvan a pagar los alumnos.

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